Star Wars. Episodios I, II y III

Hace mucho más tiempo, en una galaxia muy muy lejana…

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…

Año 1999. El mundo se asombraba con las aventuras cibernéticas de culto de Neo, Morfeo y Trinity en Matrix (película clave sin duda de finales del siglo XX y comienzos del XXI, la primera seguramente centrada totalmente en la importancia del ordenador y lo virtual, mezclado con ciencia-ficción pura y dura, tiroteos apabullantes, miles de referencias filosóficas y religiosas para conformar una mitología propia, y por supuesto artes marciales al más puro estilo Hong Kong). Un director de Philadelphia de ascendencia hindú llamado M. Night Shyamalan revolucionaba el thriller, el terror y de paso el drama con la vuelta de tuerca al cine de fantasmas más brillante vista en muchos años, El sexto sentido. Un director inglés de teatro llamado Sam Mendes, conocido hasta la fecha sobre todo por su innovadora y decadente visión de Cabaret sobre las tablas de Londres y Nueva York, debutaba en la realización cinematográfica con una fascinante película llamada American Beauty, brillante radiografía de las luces y sobre todo las sombras de la acomodada clase media americana. Nombres como los de Russell Crowe, Angelina Jolie o Hilary Swank empezaban a ser conocidos para el gran público. En algún lugar de Nueva Zelanda, comenzaba el titánico rodaje de un proyecto largamente acariciado por Hollywood de nombre El señor de los anillos. Pedro Almodóvar ponía el mundo a sus pies gracias a Todo sobre mi madre, una de sus películas más personales y aclamadas, con descacharrante discurso de agradecimiento en los Oscar incluido, precedido por el ya célebre “¡Pedro!” con que anunció el premio Penélope Cruz, una de las protagonistas de la cinta.

Pero nada, ninguno de los hitos cinematográficos de tan fructífero año para el séptimo arte, podía hacer sombra al acontecimiento cinematográfico del año, de la década y del fin del milenio: Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma. Una vez más, George Lucas volvía a casa, a su casa, con el principio de una nueva trilogía que prometía contar cómo empezó toda la historia galáctica a la que él había dado vida y había convertido en mito viviente del cine. Y sobre todo, prometía contar toda la verdad sobre Darth Vader antes de ser Darth Vader. El villano más legendario y amado del cine iba a ser explicado ante nuestros ojos, y nada podía resultar más atractivo.

Porque eso son los episodios I, II y III. La historia de Darth Vader cuando aún se llamaba Anakin Skywalker, y cómo llegó a convertirse en Darth Vader. Aunque el verdadero enemigo de Lucas en esta ocasión fue él mismo, o más bien, el recuerdo imborrable de su propia creación. Por muchas ganas que hubiera de conocer la historia que había dado pie a las aventuras contra el Imperio de Luke Skywalker, Leia, Han Solo, Chewbacca y compañía, no es menos cierto que esas ganas iban acompañadas de un látigo para fustigar aquello que no convenciese. A Lucas no se le iba a pasar ni una, y de hecho, así fue. Vistas hoy, el principal problema de la nueva trilogía es tener que competir con el recuerdo de la trilogía inicial, que es la mítica, la adorada, aquella con la que muchos crecieron y la que hizo y sigue haciendo soñar a generaciones enteras. Lo que más se les ha criticado, y no sin cierta razón, es su falta de magia, de alma, de la entrañable y maravillosa sensación de aventura de La guerra de las galaxias (lo de Una nueva esperanza es una invención posterior), El Imperio contraataca y El retorno del Jedi. No deja de ser cierto, pero quien esto firma piensa que la desilusión de muchos fans y de la crítica tiene más que ver precisamente con el aspecto sentimental que con la calidad de las películas en sí. Pocas cosas hay más poderosas a la hora de ver cine que aquello que nos toca más de cerca el corazón. Y pocas cosas hay más emotivas y mágicas que aquellas películas que nos han acompañado en nuestra niñez. La primera trilogía de Star Wars tiene todo eso, mientras que los episodios I, II y III carecen de ese aspecto más sentimental. Porque, siendo serios, la primera trilogía también tiene cosas de juzgado de guardia, especialmente El retorno del Jedi (dejando aparte a los odiados ewoks, no me digan que el momento musical de los Hutt no es para tirarse de los pelos), y cualquiera que mirase sin prejuicios debería ser capaz de admitir que la nueva trilogía es, como mínimo, la mar de entretenida y espectacular, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Por no mencionar que, tras tantísima ciencia-ficción durante dos décadas, seguramente lo que se mostraba en estos nuevos episodios ya no impresionaba tanto como impresionó en su día La guerra de las galaxias con esos efectos visuales que aún hoy asombran por su calidad, 38 años después. En resumen, el público ya no es tan ingenuo como antes, ha visto ya de todo en una pantalla de cine, y encima estas nuevas películas no contaban con el factor sentimental a su favor. Vamos, que tenían todas las de perder, y así fue, salvo en el apartado económico (una vez más, apabullante: unos 2500 millones de dólares recaudados en taquilla entre los tres episodios, sin contar mechandising).

Dicho esto, tampoco es cuestión de ocultar la verdad. La amenaza fantasma (1999) no es nada del otro mundo. Sin duda la más criticada del trío, y con razón, deja una sensación extraña porque con los años nos hemos podido dar cuenta de que, dentro del conjunto de la saga, resulta una cinta bastante inútil desde el punto de vista argumental. ¿Qué importancia tiene la invasión de Naboo por la Federación de Comercio? En realidad ninguna. Pero Lucas necesitaba una excusa para presentar a la joven reina Amidala (después conocida por su nombre auténtico, Padme), confirmada desde el principio como madre de los futuros Luke y Leia Skywalker, y sobre todo necesitaba una excusa para ir a Tatooine y presentarnos a Anakin, ese niño esclavo de nueve años que es un genio constructor, pilota vainas de carreras y tiene el nivel más alto de midiclorianos jamás hallados en la sangre de un ser vivo. Así, lo más interesante de la película es la relación entre Anakin y Qui-Gon Jinn, el honorable caballero Jedi al que da vida un estupendo Liam Neeson y se revela como mentor del joven Obi-Wan Kenobi (un Ewan McGregor entonces en pleno auge post-Trainspotting). Por supuesto, no cabe olvidar que la cinta es entretenimiento y espectacularidad puros, y así queda demostrado en esa “ben-huresca” carrera de vainas tan publicitada en la promoción de la película, o en ese duelo a tres con espada láser entre los dos Jedis y el siniestro Darth Maul. Y he aquí otro de los grandes errores de Lucas: da pasaporte a personajes que podrían haber dado mucho más de sí en los siguientes episodios, y encima son los personajes a priori más interesantes. Mala decisión, como sin duda lo fue darle tanto protagonismo al insufrible Jar Jar Binks, blanco de todas las iras de los fans, con toda justicia. En resumen, se trata de una película no tan desastrosa como se dijo, entretenida y con cosas interesantes, pero si hubiera que describirla con una sola palabra, sería la que ya hemos apuntado antes: inútil.

El ataque de los clones llegó en 2002, mejorando algunos de los errores de su predecesora y cometiendo otros nuevos. Es mejor que La amenaza fantasma, sí, y más útil dentro de la saga en su argumento. Está más equilibrada, es más oscura y desde luego más interesante. Empezamos a ver algunos rasgos de Vader en el ahora casi veinteañero Anakin (atención a ese discurso pro-dictatorial que le suelta a Padme en Naboo, o a su narración de la matanza que ha causado entre los bandidos Tusken). Y la película sigue siendo un despliegue visual de primer orden y un relato de ciencia-ficción y aventuras de lo más entretenido. Yoda, además, se revela como la gran estrella de la función gracias a su duelo a espada láser (la primera vez en la saga que lo vemos empuñando tan noble arma) con el Conde Dooku, otro interesante personaje secundario que se saca Lucas de la manga y que pone en manos de un actor mastodóntico como era Christopher Lee. Y qué decir de esa secuencia en el coliseo de Geonosis, que parece una revisión galáctica de la pelea de Ursus contra el toro salvaje en Qvo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951). Sin embargo, la película se ve lastrada por tres fallos bastante importantes. El primero es su duración. Sin duda demasiado larga, y lo peor es que se nota. El segundo es Hayden Christensen, un actor que jamás debería haber sido elegido para llevar sobre sus hombros la pesada carga de interpretar a Anakin y a quien el tiempo ha puesto en su sitio, dando la razón a sus detractores (tiene unos ojos interesantes, ambiguos, a los que hubiera podido sacar un enorme partido si hubiera sabido algo de interpretación. No es el caso). El tercero es la cursilona y prácticamente insufrible relación sentimental entre Anakin y Padme/Amidala, necesaria para la historia pero un lastre para el sufrido espectador, que ha de comprobar de la peor manera posible que Lucas puede ser un visionario y un extraordinario creador de mundos y personajes, pero no es un gran guionista, y menos de historias de amor. Sangran los oídos con algunas frases, y el empalago es tan grande que casi cabe desear que la mantis religiosa XXL se zampe a los dos enamorados en el coliseo para que dejen ya de sufrir.

Por suerte, en 2005 llegó La venganza de los Sith. Era la última, la que debía servir como nexo entre la primera trilogía y la nueva, y era en la que había que ver el paso definitivo de Anakin al Lado Oscuro. También era la última oportunidad (por aquel entonces) que tenía Lucas para callar bocas y hacer de una vez la película que los fans de toda la vida querían ver. Y lo hizo. Afortunadamente, La venganza de los Sith sí triunfa en el aspecto artístico como deberían haberlo hecho sus predecesoras. Aunque algunos vayan ya a encender su sable láser para lanzarse contra quien esto firma, creo que merece un puesto de honor entre las tres mejores de toda la saga, detrás de El Imperio contraataca y en dura pugna con La guerra de las galaxias. Aquí sí está toda la carne en el asador. Aquí sí está la oscuridad que muchos querían, la tragedia, la negrura en almas y desenlaces. Sigue siendo entretenida y espectacular, por supuesto, pero además tiene un guión estupendo que desarrolla perfectamente cada estado de la historia. ¿Fallos? También los hay. La conversión de Anakin en Vader, sin ir más lejos, demasiado rápida pese a que llevan preparándola dos películas enteras. La extendidísima secuencia inicial en el espacio, a la que le sobran fácilmente diez o quince minutos. La historia de amor, que aunque tiene menos peso que en El ataque de los clones, sigue resultando indigesta (Lucas pierde tiempo en diálogos tan inteligentes como “Eres muy hermosa”, “Es porque estoy muy enamorada”, “No, es porque yo estoy muy enamorado”. Bravo). Y por supuesto el tratamiento a un personaje tan estupendo como Dooku. Pobre Christopher Lee… entre esto y el ¿final? de Saruman en El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003) no debió quedar muy contento. Sin embargo, por primera vez en la nueva trilogía, es difícil quedarse con una sola cosa entre sus virtudes. Podría ser el final apoteósico en Mustafar, con ese épico duelo entre Anakin y Obi-Wan. Podría ser, por supuesto, el enfrentamiento entre Yoda y el Emperador. Podría ser la ejecución de la Orden 66. Podría ser el asalto al Templo Jedi. O quizás el epílogo en Tatooine. Son demasiadas cosas, demasiados detalles emotivos como para quedarse con uno solo. En definitiva, La venganza de los Sith es una gran película, oscura, dramática, compleja, y un puente casi perfecto entre el pasado y el presente de la saga.

El próximo episodio, El despertar de la Fuerza, nos va a llevar más allá del Imperio, con nuevos personajes y con un esperado reencuentro con los de toda la vida. Han, Leia, Luke… todos vuelven a las pantallas para volver a hacernos disfrutar. O sufrir. O ambas cosas. Sea como sea, el espíritu de Star Wars sigue muy vivo y eso es motivo de celebración para todos los cinéfilos. Preparen las palomitas y el sable láser. El Halcón Milenario está listo para volar de nuevo.

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