Si decido quedarme

La generación del ultradrama

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Últimamente puede uno fijarse en que desde hace unos meses se puede observar una tendencia, cuanto menos, curiosa en esto del mundo del cine. Si dejamos aparte por un momento su mejor faceta, aquella que atiende a la famosa definición de “Fábrica de sueños”, todos sabemos que Hollywood es en el fondo una máquina de hacer dinero siempre dispuesta a sacarles las cuartas a quienes se pongan por delante. Los números priman de tal forma en esto de hacer cine que a veces lo que decide si una película llega o no a las carteleras poco tiene que ver con el valor artístico real de la producción, sino más bien con otros elementos menos románticos como son los informes y estudios de mercado. Es como si la gran industria de cine norteamericana fuese un moderno El Dorado en el que con un poco de ambición y otro poco de suerte se pudiese encontrar un filón con el que hacerse de oro. No es más que una nueva versión del viejo juego de probar, buscar y encontrar. Y Hollywood ha encontrado que uno de esos nuevos filones está en las carteras de los adolescentes.

Si algo está unido a la idea de cambio desde que el mundo es mundo, es la juventud. No se concibe dicho concepto sin atribuírsele cualidades como atrevimiento, rebeldía ante lo establecido y renovación. Son los jóvenes los que cambian el mundo con su nueva forma de comprender la realidad y son ellos los que cambian los códigos con su lenguaje y su visión regeneradora, y el cine lo sabe de sobra. Los que quieren vender películas a los adolescentes saben exactamente las fibras que hay que tocar en cada momento para captar su atención. No se les escapa que son un público en constante proceso de mutabilidad y que cada generación viene marcada por una personalidad ligeramente distinta a la que le antecede. Es por ello que el cine enfocado en ese sector de edad ha cambiado también la forma en la que se dirige a ellos, así como sus contenidos. Atrás quedan películas enfocadas en la aventura o la amistad más o menos inocente. Los tiempos han cambiado y ahora por lo que parece la fórmula teenager de ventas se reduce básicamente a trs tipos de películas bien definidas: la comedia descerebrada tipo Infiltrados en clase (21 Jump Street, Philip Lord, Chris Miller, 2012), la ciencia ficción teen del palo de Los juegos del hambre (The Hunger Games, Gary Ross, 2012) y el ultradrama romántico de corte melodramático y lacrimógeno. Es como si no hubiera un término medio y el adolescente prototípico estuviera obligado cuando pisa una sala de cine a reír como un condenado o llorar como una magdalena. Emociones intensas para la edad del pavo. Todo encaja.

Aunque ojo, no estoy condenando de antemano ninguno de estos géneros, que nadie se equivoque. No escribo desde el prejuicio infundado, pues asimilo y admito que todos conocemos películas que a pesar de responder a estos perfiles aparentemente frívolos, nos encantan y las veríamos mil veces. La voluntad con la que afronto esta crítica es más bien otra bastante distinta, pues lo que quiero es hacer hincapié en las consecuencias que se derivan de explotar al precio que sea un filón basado en una moda pasajera. Ahora me explico con más detalle…

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Sinceramente, estoy convencido de que la película que es objeto de esta crítica, Si decido quedarme (If I Stay, R. J.Cutler, 2014), tiene su exclusiva razón de ser en otra obra que supuso un éxito rotundo entre el género trágico-romántico dirigido a los adolescentes, la cinta de Josh Boone, Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, 2014). No hay que ser ningún experto en la materia para intuir que, si una existe, es por la acogida que tuvo su predecesora. El éxito de la adaptación cinematográfica de la novela homónima de John Green no fue una sorpresa, pero sí algo que llamó la atención. No es para menos, pues generó millones en taquilla a lo largo y ancho de todo el mundo, dando la campanada en la temporada estival de este mismo año. Un logro que, si bien era previsible ante la espectacular acogida que obtuvo el libro en el que se basaba, sirvió posteriormente para abrir la veda y que los tiburones de las finanzas de Hollywood se dieran cuenta de lo que tenían delante. Una fórmula tan directa como aparentemente sencilla, amor y muerte enmarcados en la adolescencia. La contraposición de la magia del primer amor (una de las cosas más bellas de la vida) asfixiada en los contextos más absolutamente trágicos y desesperanzadores que se nos puedan ocurrir, ahogada en la muerte y la enfermedad. El lado colorista de la vida amputado por el negro punto y final de la existencia. Un contraste de tonos radical que aparentemente el público joven está ávido de consumir a tenor de los números que dicha literatura y cine generan.

Si en Bajo la misma estrella asistíamos a una historia de amor juvenil condicionada por un triste cáncer de tipo terminal, en Si decido quedarme la historia cambia solamente en la forma de la tragedia que se expone, un fatal accidente de tráfico. En esta ocasión, la joven Mia (interpretada por Chloë Grace Moretz, sin duda el gran atractivo de la cinta y la cara reconocible que vende entradas) se ve involucrada en un accidente de coche que la manda junto a sus padres y su hermano al hospital. Ella, que parecía tenerlo todo, una cálida familia, una pasión por la que vivir y un floreciente amor, se da cuenta de que la vida puede cambiar en un instante. Algo tan triste como cotidiano.

El gran defecto de este cine no está en que hable de asuntos que nos puedan poner el dedo en la llaga más dolorosa. La enfermedad, la muerte y la tragedia es algo tan natural en esta vida como el amor, el nacimiento y la felicidad. Ningún ser humano que se considere realmente maduro debería obviar que estos elementos forman parte esencial en nuestra existencia. El defecto, como decíamos, es que la mayoría de este tipo de producciones usa estos trágicos elementos como herramientas chantajistas a la hora de producir una catarsis emocional, haciendo de ellas un atajo tan fácil a nuestras emociones como tramposo, pues generalmente tiene como objetivo potenciar y maquillar un drama romántico tan habitualmente carente de interés que de por sí no daría para una película mínimamente atractiva. Son películas tramposas, por mal que suene la definición. Y es que, cuando por fin se nos permite tener un rato de respiro entre tanta lágrima derramada presenciando innumerables escenas al borde de la cama de alguien en coma, o cuando al fin nos vemos en un oasis en medio de tanto pasillo de hospital, nos damos cuenta que los intereses artísticos son más que cuestionables, que el mensaje de lo que estamos viendo, desgraciadamente, no se para a hablar con honestidad sobre la vida, la muerte o el amor, sino que se centra en tragedias mucho más triviales, como la desgracia de perder al chico que te gusta, dándose el caso de que algún espectador malintencionado puede llegar a pensar que lo que más le irrita a nuestra protagonista de todo el asunto no es ya morirse y que su familia se vaya «al otro barrio» con ella, si no perder a ese chico tan chachi y popular que había tenido la condescendencia de haberse fijado en ella en el instituto.

Como ven, lo que en principio puede ser una idea que dé mucho de sí, se convierte en una cuestión casi banal, de esas que se ven con una sonrisa irónica como cuando vemos el truco del número que hace un mago u observamos como pican algunos ilusos con el trilero de la esquina. Con esto no insinúo que se esté engañando a los adolescentes, pues ello saben de sobra a los que van y se marcan sus propias pretensiones, pero sí pretendo avisar de que más de uno va a verle las costuras al asunto si decide someter todo a una visión algo más madura.

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Si bien Bajo la misma estrella goza del reconocimiento de saber lidiar con dignidad tragedia y romance, la cantidad de subproductos a los que ha dado lugar roza lo mediocre casi por norma. En el caso de Si decido quedarme la cosa no cambia, pues estamos ante una cinta que hace de la trampa emocional su dinámica narrativa. Además, para colmo, expone sus bazas argumentales mediante un montaje caótico destinado a sumir al espectador, si no en la confusión, en el hastío más absoluto. Dicha mediocridad es la tónica general de una cinta que sólo tiene uno o dos repuntes mínimamente loables. Un naufragio cinematográfico que sólo se puede explicar atendiendo al contexto que hemos explicado previamente.

En resumen, la cinta de R. J. Cutler, que tiene a la guapísima ex Hit Girl como baluarte, es otro compendio de trucos lacrimógenos infalibles a la hora de hacer derramar alguna lágrima al espectador, pero que sometidos a una cierta objetividad crítica hacen que la producción se quede en una mera cinta anecdótica donde, de nuevo, todo ocurre tal y como habíamos previsto. Estamos ante otra cinta más entre el barullo. Otra película de actuaciones discretitas (incluida la de Grace Moretz), personajes planos y soberanamente predecibles y argumentos poco maduros. El no salirse del molde construido por el éxito de sus referentes directos es el dogma de la producción. Todo ello en medio de un maremágnum de escenas arquetípicas que bailan entre el cliché más trillado y los diálogos más oídos de la historia del cine. Un cóctel de amor y muerte tan previsible y poco interesante que hará que quien se pregunte si decide quedarse o no en su butaca sea el propio espectador.

Mientras éste toma su decisión de irse o quedarse a terminar de ver la película, veremos al espíritu de la pobre de Mia corretear por los hospitales, observando cómo su familia y ella misma (que físicamente está en coma) se debaten entre la vida y la muerte. Mientras su alma es testigo del drama más crudo y sincero, sopesará si decide quedarse en este mundo o el otro en función de lo que aún le espera al otro lado de la cama. ¿Retendrá el amor a Mia y la devolverá a la vida o se dejará llevar por la tristeza del drama que se presupone de su futuro inmediato y decidirá perderse en la luz del paraíso?. La respuesta es fácil, si no rondas los quince años te va a dar igual. Además, no creo que nadie tenga ganas de volver a ver Ghost (Jerry Zucker, 1990) pasada por un filtro imberbe y tontorrón.

Así que cuidado con los daños colaterales que producen los grandes éxitos de taquilla, pues no va a ser la única vez que nos quieran colar una producción horrible que a rebufo de otra que nos agradó nos saque unas monedas de la cartera. A menos que seas de la Generación trágica, no pierdas el tiempo ni el dinero en ver esto. Hay mucho cine ahí esperando su turno, y mejor.

Ahora decides tú.

Calificación: 2,5/10

 
 

Si_decido_quedarme_Ge_MCcartel_originalTítulo original: If I Stay

Año: 2014

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Director: R. J. Cutler

Guión: Shauna Cross (Novela: Gayle Forman)

Música: Heitor Pereira

Fotografía: John de Borman

Reparto: Chloë Grace Moretz, Mireille Enos, Liana Liberato, Lauren Lee Smith, Jamie Blackley, Aliyah O’Brien, Stacy Keach, Aisha Hinds, Joshua Leonard, Chelah Horsdal, Jakob Davies, Sarah Grey, Gabrielle Rose, Peter J. Gray, Donnie MacNeil

Productora: WB / DiNovi Pictures / Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) / New Line

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