Queens of the stone age. Desierto y resurrección.

Un repaso por el artwork de …Like Clockwork

like-clockwork

Música es amor. Pero también puede convertirse en desierto. En dunas de sonidos duros de roer. En sonidos perfilados para secar lágrimas, no para crearlas.

Generadores eléctricos, guitarras, neveras repletas de cervezas frías y noches estrelladas se convierten en excusas para inyectar emoción en cada toma, en cada respiración, en cada mirada. Es algo exótico. Atrayente tal vez. Es sudor. Es cielo e infierno al mismo tiempo. Un chupito de bourbon sentado en tu silla mirando constelaciones. Original. Auténtico. Rock.

Eso es ni más ni menos que la aportación de Josh Homme y los suyos. Queens of the Stone Age es un grito sordo y violento, una experiencia que no afloja el acelerador ni aun pasando ya 20 años desde  que se juntaron para escupir fuera la sequedad, la arena de sus corazones puliendo a la perfección esa visión tan denostada de su propio mundo lleno de oscuridad, pero también repleto de amor elemental. Así son ellos, capaces de inventar baladas aterciopeladas entre huracán y huracán.

Lo que al principio fue stoner, hoy se ha convertido en algo más. Lejos quedan ya lecciones de la talla de “Go with the flow” con su descarada cercanía, o esa pequeña obra maestra con un maestro a la batería, de título “No one knows”. Han pasado ya algunos años desde “Little Sister” y tenemos que echar la vista mucho más atrás para dar con “The lost art of keeping a secret”. La cosa ha cambiado mucho desde que nos sorprendieran con Songs for the deaf (2002) o con aquel sorprendente Lullabies for Paralyze (2005). Hay nuevas caras, nuevas aspiraciones y nuevas influencias. Es innegable que la evolución de su sonido ha derivado en un ente distinto. Antes el desierto era el escenario, hoy es el fin. Es el limbo donde la agrupación encuentra su razón de ser, su ruta, su ambiente. Tal como se demuestra con su última propuesta; un complejo bucle de apocalipsis, esperanza y caos. Así es su último viaje hasta la fecha. Así es… Like Clockwork (2013).

Grata experiencia, un viaje contemplativo hacia el caos del individuo y al corazón viciado de la sociedad contemporánea. Quizás esa sea la descripción más exacta de algo más que un lp al uso, tratándose de un trabajo conceptual de aquellos que crean escuela tanto en lo sonoro como en lo visual. Y es que lo realmente relevante no solo son las novedades exhibidas en sus creaciones, repletas de matices casi imperceptibles en una primera escucha y llenas de una magia antinatural difícil de superar, sino en la excelencia de los clips de los distintos temas (conectados entre sí) obra de los artistas gráficos británicos Boneface (en los diseños) y de Liam Brazier (llevando esos diseños del papel a la pantalla); creadores de un estilo propio (con un acabado sucio cercano al estilo Sin City) que eleva la armonía de las composiciones a niveles notables.

Todo empieza con “I appear missing”. El aire se vicia. La sangre brota de las heridas de un cadáver viviente, que aparece como una mera funda inicialmente inconsciente. En esta primera etapa se narra un viaje; el que todo ser emprende hacía el cielo o el infierno, según la ruta que haya elegido en vida. De la gravedad de tu propio apocalipsis dependerá tu destino final, tu último aliento, tu última fase antes de acabar en el sitio en el que acaba todo el mundo antes o después.

QUOTSA muestra aquí el inicio del camino, la perpetua dualidad entre la tragedia y la soledad (tal como se recuerda con esa frágil y conmovedora aportación vocal), la travesía por un desierto repleto de sonidos tenues que se acortará o alargará dependiendo de nuestros propios pasos. La muerte está más cerca de lo que muchos creemos, y eso aquí se muestra con sencillez y ligereza quitando gravedad, que no crudeza, al asunto.

Siguiente paso. La siguiente estación se llama “Kalopsia”. Cambiamos de individuo, de lugar, de intenciones. Lo que fue desierto ahora es melodía, un cuento tornado en balada que describe la tristeza como algo más omnipresente que un simple estado de ánimo. Todo, absolutamente todo forma parte de una burbuja, de un sueño infinito en el que la oscuridad finalmente puede llegar a comerte y trastornarte. ¿Cuánto dura la felicidad? Es uno de los grandes misterios de esta vida sin duda. No sabemos cuándo aparecerá. Ni el tiempo que se quedará con nosotros. Ni siquiera sabemos si podremos alcanzarla alguna vez al 100 %… pero habrá que intentarlo. Habrá que poner nuestro corazón a prueba y llegar hasta el fin. No queda otra.

Pieza exótica. Balada inicial, balazo posterior. Homme lanza aquí una bomba medida alejada de la esencia del grupo, en la que crea algo precioso (una auténtica nana) para finalmente destruirlo con la misma fiereza, estilo y brutalidad de siempre. En Kalopsia el orden inicial deriva en caos, lo azul se vuelve rojo, la tranquilidad se transforma en una bestia que dinamita desde dentro toda muestra de sensibilidad anterior.

 

Después de lo anterior solo queda violencia. Ya queda menos para morir. Solo queda sangre y más sangre. La destrucción de todo queda cerca y “Keep your eyes peeled” así lo retrata. Hay otro cambio de cara, pero ya no hay nada bueno en esa mirada, brotando sangre en cada poro de la piel de nuestro nuevo antihéroe. Su cara sonriente es de esas que planta cara a la muerte sin torcer el gesto; se trata de una de esas almas acostumbradas al desgaste del vicio, a la calidez del peor bourbon y a la compañía de las peores mujeres. Es la cara de Marv de Sin City, la del “ciudadano del bar”, la del rufián que no se arruga ni con 100 rifles apuntándole. A él no le molesta una pelea, más bien le incentiva, ni le inquieta si una botella de cerveza se quiebra en su cabeza más de lo necesario; controla los tiempos y ya es demasiado viejo para pensar en el presente o en el pasado (sin nombrar el futuro). No cree en la redención. Ni en el cielo, ni en el infierno. Si me apuras ya no cree ni en sí mismo; solo en destrozar y en propagar su propio fuego interior hasta la muerte.

Esta es una de esas muestras gores, un auténtico revival de lo que en su día fueron, sonidos de ultratumba cercanos al estilo mostrado en su anterior álbum (Era Vulgaris). Suena los ecos de truenos en cada riff y en cada recóndito seísmo causado por el bajo, como un destello infernal y seco, cerca del stoner, mucho más cerca que antes al menos.

Ya casi estamos en el final. Violencia es igual a violencia aquí. Nada importa. Todo vale para ganar destruyendo e hipnotizar a tu propio cerebro para que así sea. En “If I had a tail” olvidamos el método, el procedimiento, el sentido; lo que realmente es básico es olvidar el raciocinio para inundar tu cabeza de esa bestialidad monstruosa de la que difícilmente podemos escapar vivos. Se acerca el final del camino, la carretera se estrecha y se envilece, el desierto se acaba pero lo que hay más allá no se puede tocar aún, no se puede ver. Lo único que sientes son las heridas, pero eso ya no causa dolor, incluso podría decirse que causa más emoción que otra cosa. Estás quemando las naves con sacrificio y sin mirar atrás. ¿Dónde está el miedo?

Tema de bar, de aquellos sencillos pero siempre recordados. Recuerda muy mucho a pequeñas joyas como “Do it again” (Songs for the deaf) o “Autopilot” (Rated R), canciones repletas de encanto y punteos efectivos, alejadas parcialmente de las grandes obras maestras de la banda. “If I had a tail” muestra que no siempre la complejidad en el contenido es necesaria para encantar. Tema simple pero bonito; además de efectivo, real y con una esencia a rock clásico excepcional.

“El final es esta noche”: así reza un cartel justamente al finalizar la carretera, dando pie al último acto con “My God Is The Sun”. Ha sido duro y se han ido perdiendo los sentimientos en el camino, lo que empezó siendo esperanza y fe, derivó finalmente en la violencia más extrema; pero el final es igual para todos. Todavía queda un resquicio de eso independientemente de tus actos y de tus propios fines y en la última noche cualquier cosa puede pasar. Los cuervos esperan. Algo emerge en las sombras. Es la muerte. La que llega a todo el mundo. La luz invade a los individuos, ¿habrá un nuevo resurgir? ¿Todo terminará en cenizas? Quién sabe. Lo único cierto es que todo final es un principio de algo.

Pieza entre piezas, quizás este sea el corte con mejor pinta de todo el lp. Provista de una fuerza superior a la de los temas anteriores, tanto las líneas de batería como la importancia del bajo toman relevancia para elevar la calidad del tema casi a los niveles de sus anteriores trabajos. Estridencia, decoro y sencillez son las bazas a favor con las que juegan estos antiguos reyes del stoner que abandonaron parcialmente su estilo desenfrenado para marcarse un obra conceptual de aquellas que dejan huella, creando una historia continua en 5 actos del todo atrayente para los oídos y los ojos del público.

Dios les bendiga. Dios bendiga al desierto. Dios bendiga al rock.

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