Pensé que iba a haber fiesta

Rompiendo los códigos

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Situémonos. Transcurren los días finales del mes Diciembre y el sol del verano ha llegado con todo su esplendor a Argentina. Son fechas navideñas, y las horas corren entre la modorra estival y el consabido estrés que conllevan los habituales preparativos navideños. Lucía (Valeria Bertuccelli), que está intentando afianzar una nueva relación amorosa en su vida, le pide a su mejor amiga, Ana (Elena Anaya), que cuide de su casa y de su hija mientras ella pasa varios días fuera con su novio. Ana acepta sin reticencias, ya que le apetece apartarse del mundanal ruido y tampoco tiene gran cosa que hacer, pues su próximo trabajo como actriz aún está en plena negociación. Pero lo que en principio parecía que iban a ser unos días de soledad y relax, acabará siendo el germen de un conflicto que pondrá en peligro la profunda amistad que existe entre ambas, ya que Ana se sentirá atraída por el ex marido y padre de la hija de su mejor amiga.

En este contexto arranca Pensé que iba a haber fiesta (2013), una película dirigida por Victoria Galardi, realizadora que cuenta entre sus precedentes cintas como Cerro Bayo (2010), y Amorosa Soledad (2008).

Ante todo, hay que señalar que el último trabajo de la directora argentina parece estar concebido para un tipo de público muy concreto que gusta del cine independiente y la marca de autor, ya que, desde los primeros minutos de su metraje, la obra discurre bajo una declaración de intenciones muy personal que bien podrá gustar o bien podrá sacar de sus casillas al espectador. Aquí la apuesta estilística es un “All-In” en toda regla. Los planos son por definición largos y sostenidos. El minimalismo escénico que impera es compensado por una inteligente fotografía que sabe sacar partido a cada rincón de las pocas localizaciones que se usan en la historia, y la naturalidad de los diálogos e interpretaciones parece querer evocar, sea como sea, bocados de la realidad más cotidiana. La cinta también es parca en el uso de la banda sonora salvo en algún bochornoso momento videoclipero puntual. Así pues, el tono general y el ritmo que se desprende es sosegado. Para no desentonar, el manejo de la tensión emocional y del desarrollo dramático es asimismo tan gélido y rácano, que la reprimida esencia de la película termina dominando una propuesta argumental que bien podía haber dado mucho, pero que mucho juego.

Por tanto, podría decirse que Pensé que iba a haber fiesta es una película fallida. Pues tira por la borda una idea que a todas luces produce polémica y es de por sí un perfecto generador de tensión (enamorarte del ex marido de tu mejor amiga, romper los códigos no escritos sobre la amistad), con tal de mantenerse fiel a un estilo cinematográfico en concreto. Es decir, la forma termina venciendo al fondo, y es resultado de todo esto la desconexión y el aburrimiento por parte del espectador.

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No puede uno evitar acordarse de que ideas similares a ésta ya se llevaron a la pantalla en numerosas ocasiones con muchísimo más acierto. Woody Allen o Ingmar Bergman supieron rodar historias donde los hogares se convertían en una especie de una olla a presión debido a la tensión que se respiraba entre sus muros. Pero aquí la tensión se nos da con cuentagotas, ya que las escenas clave de la película, es decir, aquellas en las que Ana, Lucia y su ex esposo comparten pantalla, además de ocurrir a destiempo, no satisfacen las expectativas creadas. Hasta tal punto es así, que más de uno puede verse maldiciendo en los títulos de créditos finales, pensando que ha visto otra de esas películas “en las que no ocurre nada”.

A nivel interpretativo la película se defiende con dignidad, pero sin lucimiento. La española Elena Anaya es la actriz que aparece en pantalla la mayor parte del tiempo, pero ya sea por culpa del guión (que por cierto también corre de mano de la misma directora) o por una deficiente dirección artística, pasa sin pena ni gloria por nuestras retinas. Eso sí, muy mona que sale disfrutando en la piscina y tumbada a los rayos del sol.

Por otro lado, Valeria Bertuccelli sí que imprime más carácter a su personaje. La pena es que no ocupa tantos minutos en pantalla como hubiera deseado más de un espectador, pues es su trabajo el que lleva a la cinta hacia cotas más altas y la saca de las lagunas de la indiferencia. En cuanto a los actores secundarios, no pasan de ser meros monigotes al servicio de la trama principal; lo mismo ocurre con las tramas secundarias, que se desarrollan con tal timidez y en un plano tan relativo, que uno acaba trivializándolas casi sin quererlo.

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En definitiva, podría decirse que Victoria Galardi ha apostado por romper los códigos habituales de la narración cinematográfica e imprimir su sello de autora y la apuesta no le ha salido muy bien. Pensé que iba a haber fiesta fracasa como comedia y como drama, pues ni divierte ni conmueve en demasía. Quizás su autora no cayese en la cuenta de que tenía mejores cartas de lo que parecía en un principio, pero la mano ya terminó. Otra vez será; por lo pronto, nuestra relación directora-espectador, también se queda en el aire. Ya veremos si hay lugar para la reconciliación.

Calificación: 3/10

 
 

Pense_que_iba_a_haber_fiestaTítulo original: Pensé que iba a haber fiesta

Año: 2013

Duración: 85 min.

País: Argentina

Director: Victoria Galardi

Guion: Victoria Galardi

Música: Niño Josele

Fotografía: Julián Ledesma

Reparto: Elena Anaya, Valeria Bertuccelli, Fernán Mirás, Esteban Lamothe, Esteban Bigliardi, Abigail Cohen

Productora: Coproducción Argentina-España; Gale Cine / Fernando Trueba Producciones Cinematográficas S.A. / Magma Cine

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