Nunca es demasiado tarde

Vida, muerte y soledad

still_life_MCEl drama domina nuestras vidas diariamente. Lo que antes eran buenos momentos, mentalidad positiva y risas; ahora son instantáneas confusas que se pierden en nuestra memoria, viento que se lleva todo lo que fuimos y que dificulta nuestro futuro sin mediar palabra ni gesto amable. Es fácil sentirse pleno, pero también es fácil estar vacío. Depende de nosotros mantenernos dentro de esos extremos, de esa dualidad, intentar como sea maximizar los momentos de alegría, mantener la motivación, re-planificar tus metas vitales y aislar la tristeza en un contenedor para conseguir equilibrio. Si caes en el vacío, ahí es donde aparecen los miedos y el mayor enemigo del ser humano, él mismo. Ese el mensaje que el realizador Uberto Pasolini (Machan, 2008), pretende mostrar en su nueva película Nunca es demasiado tarde (Still Life, 2013): la soledad y sus efectos secundarios.

La historia se centra en la figura de John May (Eddie Marsan), trabajador público comprometido, fiel y dedicado; cuyo papel se fundamenta en la búsqueda de familiares de personas difuntas que fallecen en soledad. Es así como un investigador de los muertos, un observador afilado de la anterior realidad de estos para intentar rebuscar en su pasado información relevante acerca de su historia, para que así estos tengan una despedida un poco más acogedora de lo que fueron sus últimos años de existencia. El problema surge cuando al intentar humanizar a otros, uno termina por deshumanizarse a sí mismo. Cuando por el 100% de tu esfuerzo en otros, te olvidas de ti mismo, de tus necesidades. Cuando te conviertes en un monigote desdibujado y gris, sintiéndote sólo, no siendo capaz de alterar ese descenso, esa caída. O bien te rindes, o actúas y reviertes la situación. Hay personas vivas que están más muertas por dentro que los propios muertos. ¿Se puede cambiar esa situación? Está en tu mano.

still_life_MC2Nunca es demasiado tarde consigue conmover, emocionar y convencer. Con una realización técnica espléndida, dominada por unas imágenes suaves, un hilo musical ordenado y frágil, y por un uso de los silencios marcado y útil; el director trasciende más allá de la pantalla logrando sumergir a la persona en la soledad y la tristeza, impregnando el paisaje de tonos fríos y grises (típica instantánea inglesa), eliminando la alegría de todo recoveco, de todo espacio. Y qué decir de las interpretaciones. Eddie Marsan corrompe el ambiente con un estilo totalmente pulido y fiel, siendo un contenedor perfecto de emociones. No hace falta que llore o salte, que se exprese más de lo necesario; con su cara consigue demostrar mucho más que otros tirando de libreto. Todo lo que hace, lo hace bien. Si bien puede parecer que su trabajo se reduce a asentir y a callar, sus silencios, el cambio en sus estados de ánimo y la extrema sensibilidad en su mirada impregnan cada punto de la cinta de una nitidez emocional consistente. Resulta totalmente creíble en cada uno de sus actos creando una esencia especial, un rollo trascendental, un sentimiento fundamental. Es de destacar que, aun no llegando a los niveles del propio Marsan, el resto de elenco logra complementar a este con suficiencia, remarcando el aroma trágico en el que se enmarca la cinta y no desmereciendo, en ningún caso, la labor realizada por el primero. Es de agradecer.

Si hubiera que remarcar un punto negativo, una fisura, únicamente destacaría lo excesivamente lenta que resulta (aunque dure únicamente hora y media), sobre todo, en su primer tercio. Parece que falta ritmo narrativo, que falta chispa, que falta alma en la ejecución, y eso hace que pueda ser algo pesada para el espectador medio. Por mucho que la falta latente de contenido sea parte del plan para que nos identifiquemos con la identidad y naturaleza del protagonista (eso parece), resulta algo tibia y eso no es del todo idóneo para conectar con el público. La gente busca sentir, y aquí no es tan fácil llegar a ello. Aquí no se busca empatizar con nadie, ahí está su virtud y dónde está también su posible error.

Nunca es demasiado tarde es un drama distinto. Una propuesta liviana, suave pero extrañamente pintoresca. Un teatro en campo abierto. Una demostración de cómo vivir a medias, como temer ganar sin querer perder. Un producto por mucho tildado de comedia que muestra la desgracia personal de forma exponencial. Vida y muerte. Recomendable para mentes abiertas, semi infumable para el resto.

Calificación: 6,5/10

 
 

still_life_cartel_MCTítulo original: Still Life

Año: 2013

Duración: 92 min.

País: Reino Unido

Director: Uberto Pasolini

Guión: Uberto Pasolini

Música: Rachel Portman

Fotografía: Stefano Falivene

Reparto: Eddie Marsan, Joanne Froggatt, Karen Drury, Andrew Buchan, Neil D’Souza, David Shaw Parker, Michael Elkin

Productora: Coproducción Reino Unido-Italia; Redwave Films / Embargo Films

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