Nacido en Gaza

Eterno estado de sitio

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Hace unos meses, más concretamente el 8 de julio de este mismo año, estalló uno de los conflictos bélicos más polémicos y cruentos que se recuerdan en los últimos tiempos a nivel global. Hablamos del horrible desencadenamiento de hostilidades entre la Franja de Gaza e Israel, naciones (o comunidades, si tenemos en cuenta que al Estado Palestino no se le reconoce dicha condición) antagonistas que históricamente se han visto enfrentadas como consecuencia de una serie de circunstancias político-religiosas. No es ninguna novedad que Palestina e Israel vivan mirándose con recelo y que la zona sea un constante hervidero donde la tensión diplomática se desborda puntualmente en forma de agresiones por parte de uno u otro bando. A lo largo de los años hemos ido viendo cómo se han ido encadenando, casi interminablemente, los atentados por parte de la organización palestina Hamás y las consiguientes respuestas bélicas del ejército israelí. Como todos sabemos, los orígenes del conflicto se remontan varias décadas atrás y tienen unas dimensiones demasiado complejas para ser tratadas en una crítica de cine. El caso es que dicho día comenzó una de las etapas más negras en la historia del dilatado conflicto, la que se inició cuando las Fuerzas de Defensa de Israel decidieron lanzar la llamada Operación Margen Protector (también conocida como Margen Defensivo) sobre territorio gazatí, debido a una inusual escalada de violencia entre ambas facciones. Operación que concluiría a finales de Agosto con un escandaloso balance de víctimas y heridos, la mayoría (a pesar de que el objetivo oficial declarado eran los milicianos de Hamás) civiles y niños, un hecho que, cuanto menos, deja en un dudoso papel tanto a las organizaciones internacionales como a los propios agresores, por permitir que se rompan “las reglas de la guerra” y que se atente de forma tan flagrante contra la vida y los derechos humanos de los más desprotegidos.

Con Nacido en Gaza (2014), Hernán Zin ha querido dar voz a los más desamparados ante cualquier desgracia en general y ésta en particular; los niños. Su nueva película es una producción que debe ser tomada como un documento de extraordinario valor testimonial, una de esas cintas necesarias para comprender las dimensiones humanas que cualquier conflicto bélico suele acarrear. Estamos ante un trabajo que tiene como principal intención transmitir una dura problemática desde una perspectiva distinta; y es que nos encontramos ante una de esas raras veces en las que se nos brinda la oportunidad de escuchar con pausa a las voces que normalmente quedan ensordecidas entre las bombas y la intoxicación informativa de un tema que en muchas ocasiones tiende a ser tratado con demasiada superficialidad e incluso con cierto ápice de frivolidad. Nacido en Gaza rehúye del tono habitual gráfico y agresivo de los reportajes de guerra, y aunque resulta una película durísima y difícil de digerir por su crudo contenido, tiene muy claras sus intenciones respecto a lo que quiere ser, lo que quiere contar, y cómo quiere contarlo. Y eso, con todas sus consecuencias, es lo mejor que se puede decir de ella; para bien y para mal.

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La fórmula que el realizador, periodista y escritor argentino (quien por cierto vivió en Gaza y ha publicado varios libros con una temática relacionada con la que abarca el documental) es la de tomar el testimonio directo, en primera persona y en plena línea de batalla a diez niños que sufrieron en sus propias carnes las consecuencias de la brutal operación llevada a cabo por el ejército israelí. Diez escalofriantes relatos contados desde la perspectiva de unas criaturas que nacieron y han vivido su corta vida en un territorio en eterno estado de sitio; un lugar aislado por las autoridades israelíes y asfixiado por el bloqueo al que se le somete, un territorio que cíclicamente sufre el infierno de los continuos estallidos de violencia que provoca alguno de los dos bandos. Diez nombres propios y diez caras reconocibles que dan una dimensión humana a un problema del que habitualmente sólo se nos suele informar a través de frías cifras o de imágenes morbosas e innecesarias. Por tanto, es de agradecer que Hernán Zin y su equipo (respaldado por Jon Sistiaga o la cantante Bebe entre otros) haya querido dar tiempo y espacio a aquellos que pueden y necesitan expresar su miedo, su impotencia y su necesidad de pedir ayuda. Es éste apartado, el de su intencionalidad, el de su contenido, el que justifica la existencia de la cinta en sí misma. Tan solamente el trabajo y el riesgo que supone pisar un territorio hostil y enfundarse la cámara a pie de guerra para prestar voz a los más olvidados es digno de ser respetado y alabado a partes iguales. No creo que haya debate posible en lo que a esto respecta. Las palabras de cada uno de los chicos y chicas, protagonistas de la cinta, son todo un revulsivo dirigido a nuestras conciencias que termina afectando igualmente a nuestras vísceras haciendo que nos planteemos hasta qué punto está en nuestras manos hacer algo para ayudar a paliar su sufrimiento. No hay forma de quedar impasible ante el relato de un niño que pide ayuda psicológica para olvidar la barbarie a la que su pueblo se ha visto sometido, la incomprensión de un crío que se pregunta cómo su padre pudo morir mientras conducía una ambulancia en un bombardeo indiscriminado, o ante una chica que se pregunta por qué no acaba de una vez el sinsentido al que parecen condenados a vivir eternamente para por fin poder pensar en un futuro en paz, y poder estudiar tranquilamente o ejercer una profesión digna con la que ganarse la vida.

Una vez nos enfrentamos a Nacido en Gaza resulta evidente que el drama de estos pobres inocentes no se reduce a cuando llueven las bombas indiscriminadamente sobre sus cabezas, sino que la pesadilla se extiende cuando el fuego cesa. Porque nadie puede vivir mientras hay guerra y nadie puede vivir en paz mientras exista el miedo, y el miedo es una de las claves de la problemática que expone más claramente la cinta de Hernán Zin, un miedo omnipresente que cuando no a parece en forma de preocupación por salvarse de los misiles, lo hace cuando se trata de sobrevivir al paro, la escasez de alimentos o a la deficiencia de los recursos más básicos que el bloqueo israelí produce en Palestina, un territorio donde la guerra parece eternamente cíclica y los periodos de paz son difíciles o prácticamente virtuales. La necesidad de no sentir miedo y la esperanza que a veces reluce en estos niños es impresionante y desoladora a partes iguales. En este sentido, los sentimientos que Nacido en Gaza produce en el espectador son de una fuerza incontestable. Sentimientos que sin embargo acaban cayendo en un incómodo conflicto cuando uno se apercibe de que se hay ciertos aspectos que ensombrecen la encomiable intención primaria del proyecto.

Y es que como ya dijimos anteriormente, la cinta de Hernán Zin tiene sus sombras. No conviene olvidar que en toda crítica de cine cabe analizar tanto el continente, como el contenido de la obra. Tanto su forma, como su fondo. Y si bien es cierto que su fondo es digno de respeto y justifica el proyecto en sí mismo, en su tratamiento hay ciertos factores que son susceptibles de ser mirados, cuanto menos, con ciertas reticencias. Existen dos factores fundamentales que pueden ser objeto de debate, dos recursos estéticos que pueden poner en jaque a la cinta y perjudicar gravemente su intención fundamental: el frecuente uso de la cámara lenta y la dudosa intencionalidad en la utilización de la banda sonora.

Si por algo destaca Nacido en Gaza, además de por su contenido, es por su inusitada pausa y búsqueda de ciertos oasis líricos en medio del caos y el dolor. Si bien las historias que narra son deprimentes para cualquier ser humano con sus capacidades empáticas en orden, sus imágenes parecen querer compensar el lado más oscuro de la condición humana resaltando los estallidos puntuales de belleza que surgen de las cenizas y los escombros. Así pues, Hernán Zin ralentiza con frecuencia sus fotogramas y se recrea en ciertos momentos de la vida cotidiana de los protagonistas de la cinta, resaltando los escasos momentos de paz de los que estos pueden disfrutar. El problema surge cuando un recurso que podría ser perfectamente válido empieza a antojarse frívolo por abusarse de él. Y es que llega un momento que uno de pregunta si detrás de tanto embellecimiento no hay un mero afán de gustar o una innecesaria necesidad de agradar al espectador cuando el interés de la producción radica en otros factores totalmente distintos. Aunque el elemento más controvertido, sin duda alguna, reside en su banda sonora, ya que se percibe una absurda y evidente intención de subrayar con melodías orquestales melodramáticas un escenario que de por sí solo ya es lo suficientemente triste. ¿Es necesario añadir más drama lo dantesco?, ¿Es lícito buscar la lágrima fácil del espectador utilizando recursos tan tramposos? No sé si lícito o no, pero sin duda lo que supone es una flagrante falta de gusto, una rendición a una fórmula estética tan ramplona como efectista y un claro error de elección en cuanto a que son opciones que pueden interferir negativamente en la comunicación de su mensaje ya que, irremediablemente, dan lugar a la valoración de ciertas cuestiones éticas que de otra forma no hubieran robado protagonismo a lo verdaderamente importante en la cinta.

El tercer elemento que interfiere en el contenido, por defectuoso y atropellado en su forma, es el montaje. Realizado en mes y medio, el trabajo en este apartado deja mucho que desear, registrando un escandaloso caos de ritmo y tono que despista al espectador más o menos conscientemente y estorba al mensaje que se quiere comunicar. El documental de Hernán Zin está mal narrado y echa por tierra unos testimonios que si hubieran sido expuestos de una forma menos fragmentada, hubieran tenido sin duda más calado si cabe en los espectadores. Igualmente, se echa de menos algo más de contexto histórico-político, o al menos, que se aporte algún punto de vista que no sea puramente palestino, aunque claro, eso sería exigir otro tipo de película. (Se me viene a la cabeza la fenomenal Promises de Justine Shapiro, B.Z. Goldberg y Carlos Bolado; documental dirigido en 2001).

Como hemos señalado, en una cinta de estas características puede parecer frívolo o hasta insolidario valorar aspectos como los tratados en la última parte de nuestra reseña. Pero como crítico de cine no puedo aprobar a Nacido en Gaza con más de un 5. Eso sí, como espectador y como ciudadano agradezco que me hayan querido abrir los ojos y aportar una visión relativamente desintoxicada sobre un problema que siempre, se trate como se trate, presenta demasiadas aristas como para quedar completamente satisfecho.

Película necesaria, recomendable para ser vista y valorada por uno mismo, sacando sus propias conclusiones. Hernán Zin te invita a ello, trata de posicionarse lo menos posible para no influir, y en su camino deja caer algo de poesía visual y una cierta intención de forzar sensaciones, no dudo que con un buen fin. Detrás de esta crítica reside otra invitación, ésta de mi parte: la de ir al cine y reflexionar. Sobre su forma, sobre su fondo. Sobre la solución a un problema que no es propio de seres racionales y con valores morales.

Calificación: 5/10

 
 

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Título original: Nacido en Gaza

Año: 2014

Duración: 78 min.

País: España

Director: Hernán Zin

Guion: Documental

Música: Carlos Martín

Fotografía: Hernán Zin

Reparto: Documental

Productora: Contramedia Films / La Claqueta PC

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