Metéora

La narrativa mínima

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No quiero que suene esnob, pero creo que conviene antes de todo empezar esta crítica diciendo que Meteóra (Meteora, Spiros Stathoulopoulos, 2012) no es ni de lejos una película para todos los públicos. Y no me refiero a ningún tema relacionado con la calificación por edades, más bien quiero decir que estamos ante una de esas cintas que parecen estar facturadas a conciencia para gustar a un público minoritario o al menos para ofrecer una alternativa diferente a lo acostumbrado en cuanto a forma y concepción se refiere.

Hay quien entiende el acto sentarse en la butaca de un cine como un divertimento y una forma de abstraerse de la rutina y lo cotidiano. Sin duda, el gran porcentaje de los espectadores asiduos a las salas lo entienden de dicha manera. Pero igualmente, como todos sabemos, hay quienes gustan de que, al menos de vez en cuando, el cine se comprometa con mensajes más profundos y se adentre en caminos algo más oblicuos de lo habitual porque de esta forma la película se convierte en una especie de reto que requiere la participación de los ojos y la mente del que lo ve. Digamos que ésta es la versión más “intelectual” del cine, su vertiente más cerebral, o mejor dicho, es el lado de éste que anda más vinculado por voluntad propia a lo creativo y lo artístico. No olvidemos que, a pesar de que el cine sea uno de los negocios que más dinero hace en todo el mundo, también es llamado (y no sin razón) “El Séptimo Arte”. Aunque, todo sea dicho, también es evidente que una tipología de espectador no excluye a la otra en un mismo individuo.

Todo esto lo comento porque Metéora es una de esas películas que apuestan casi todas sus bazas a lo formal y a sus propios conceptos en detrimento del cine concebido como entretenimiento puro. En otras palabras, la propuesta de Spiros Stathoulopoulos gustará seguramente al espectador que disfruta con las obras de Bergman, Tarkovsky y otros autores similares, mientras que por otro lado aburrirá como ostras al que rechace sistemáticamente otras formas de rodar películas que difieran de los Blockbusters que todos conocemos y que muy de vez en cuando nos regalamos para abstraernos.

Por tanto, como ya se pueden imaginar, estamos ante una de esas películas que conscientemente y por voluntad propia opta por romper las convenciones más estandarizadas de la industria cinematográfica para convertirse en una especie de obra de artesanía y pieza de museo. Hablamos de una de esas propuestas que no busca encontrar la aprobación de todo el público, sino que más bien espera a que algún individuo la encuentre.

No vamos a entrar en debates sobre qué tipo de cine o qué concepción sobre éste es mejor o peor, sobre todo porque éste me parece un debate absurdo y obsoleto. Tanto el que ve una película con la intención de divertirse y no pensar demasiado en nada como quien gusta de enfrentarse a algo simplemente distinto tienen el mismo derecho de hacer lo que hacen. Así pues, considerad esta introducción no como un ejercicio de pedantería y exclusividad, sino más bien como una humilde advertencia para quien no guste de ver este tipo de películas tan apartadas de los cánones habituales, pues a nadie le gusta salir del cine con la sensación de que le han timado. Dicho esto, vamos a la película en sí.

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Metéora nos introduce de pleno en una historia situada en la Grecia Central, más concretamente en la región homónima al título, la cual por cierto está calificada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad por la inmensidad de la belleza que sus parajes lucen. En medio de este paraíso natural de planicies y riscos se erigen dos monasterios ortodoxos que, como intentando situarse lo más cerca posible de Dios, se erigen en dos grandes cimas lejos de la tierra que pisan pastores y pueblerinos. Ambos monasterios están situados frente por frente, estableciéndose entre ellos una peculiar conexión que va más allá de lo casual y que de camino servirá como uno de los motores que darán fuelle a la mínima trama que nos ofrece la cinta.

Metéora trata en su mayor parte de individuos que tienen su mente compartida entre Dios y lo terrenal. Al menos éste es el caso de los dos protagonistas de la cinta, el monje Theodoro y la monja Urania, dos religiosos que a base de encuentros más o menos fortuitos y miradas más o menos inocentes van cayendo progresivamente en un dilema de fe, pues ambos titubean si rendirse a las presiones del deseo, apartándose por momentos del camino del amor total a Dios o si seguir fieles a las normas de su doctrina religiosa. Así pues, el tema central de la producción grecoalemana es precisamente ése, la duda y la flaqueza que surge en pleno conflicto con la religiosidad más ortodoxa cuando el amor, el deseo o por qué no decirlo, la simple complicidad aparecen entre un hombre y una mujer. La mente de un religioso está la mayoría del tiempo mirando a Dios, y sus corazones volcados en irradiar todo su amor hacia su dueño y señor. Pero como humanos, a pesar de la voluntad de servidumbre religiosa y pulcritud moral, dichos ojos y mente se desvían de vez en cuando hacia otros asuntos más terrenales. La disyuntiva sobre qué camino elegir es la idea central en la que se basa toda la producción dirigida por Spiros Stathoulopoulos.

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Si decimos idea central y enfatizamos en ello es precisamente porque Metéora está construida íntegramente a base de unos pocos de conceptos abstractos que se complementan entre sí. Digamos que no existe una narrativa convencional en la cinta, sino que más bien los aspectos que se nos quieren comunicar se aglutinan en un sinfín de metáforas, símbolos y conceptos que el espectador debe descifrar a lo largo de sus extendidos planos. No estamos ante una de esas historias repletas de giros de guión, estamos ante una historia que nos ofrece una narrativa reducida a su expresión más mínima y nos expone una historia a caballo entre el cielo y la tierra a base de exponer ideas acumulativas y reducir el texto y el diálogo a su mínima expresión. Así pues, como ya hemos referido anteriormente, estamos ante una de esas películas que requiere un esfuerzo extra en cuanto a participación activa se requiere. Quien se enfrente a Metéora con una voluntad diferente de seguro quedará exasperado, pues estamos ante una de esas obras que a base de asesinar los ritmos y convenciones de la narrativa habitual, o te atrapa en cuerpo y alma o te escupe a los infiernos del celuloide.

Que nadie se enfrente a Metéora con sueño, porque caerá en las redes del sopor más absoluto. La cinta requiere que estemos bien despiertos, pues hay que estar sobradamente atentos a la simbología que en cualquier momento puede aparecer en la pantalla, incluso me atrevo a decir que unos conocimientos previos sobre historia del arte nos pueden ayudar a descubrir muchos de los matices y significados que hay ocultos detrás de la forma de rodar algunos planos en concreto. Por supuesto no decimos lo de la participación activa porque sí, más bien lo señalamos porque, de no ser así, el espectador puede quedarse con la impresión de que estamos ante una historia parca sobre un affaire entre una monja y un religioso del convento vecino. Pero no… hay mucho más en la última película del director griego. Si somos capaces de descifrar sus diferentes símbolos veremos que además de la historia central se nos está hablando de otros temas mucho más abstractos y menos triviales.

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Así pues, podemos decir que Meteóra es una pieza de autor que nos habla al mismo tiempo del amor divino y del humano; del conflicto moral que puede surgir entre ambos mundos y de la capacidad que tenemos para resistir o dejarnos llevar por el pecado. Caben muchas más interpretaciones en Meteóra, pero precisamente por ser una obra tan poco convencional, cada una de ellas se presta a ser desvelada de una manera totalmente diferente dependiendo del espectador que la vea. Guste más o menos. Nos parezca mejor o peor lograda en cuanto a intenciones se refiere, lo que sí es verdad es que la obra está cimentada sobre un apartado visual impresionante y unas actuaciones bastante acertadas ya que es considerable el esfuerzo que requiere un trabajo tan basado en la contención y el juego de gestos y miradas. Como todos sabemos, cuando el texto se reduce a lo mínimo empiezan a primar otros aspectos que requieren que todos nuestros sentidos estén puestos en ellos, y es en los detalles de cada plano, de cada interpretación, donde se hallan los destellos más deslumbrantes de esta humilde joya.

No quisiera terminar esta crítica sin mencionar las puntuales animaciones que apoyan al metraje que mayoritariamente está compuesto de imágenes reales. Dichas animaciones guardan un estilo estrechamente vinculado al de los frescos que adornan las paredes de los templos ortodoxos y más allá de darle un toque extra en cuanto al apartado artístico se refiere, refuerzan la imagen que se nos quiere dar de los protagonistas, una especie de individuos a caballo entre lo divino y lo terrenal.

En conclusión, podría decirse que estamos ante una película típica de las que se podrían etiquetar como cine de autor. Un producto para públicos minoritarios que difícilmente funciona más allá de los circuitos de los festivales de cine o de las salas más relacionadas con el cine de arte y ensayo. Como ya hemos mencionado, no estamos ante un producto que se oferte en un pomposo escaparate esperando atraer la atención de todo el mundo sino más bien de una pequeña gema que espera ser encontrada por algún solitario viajero. Incluso dentro de este tipo de cine, Metéora no es una obra que se pueda inscribir entre las más destacables sino que más bien es una película que dentro de su humildad expositiva funciona con decoro y al mismo tiempo se postula como una alternativa discrepante a las opciones que normalmente pueblan la cartelera.

Sin haber entrado en debates baldíos ni otros temas que tampoco vienen al caso, toca decir que Meteóra no defrauda ni sorprende, pero que eso sí, es una cinta que para depende en su gran medida del tipo de espectador que se le acerque, por lo que siempre puede dar alguna sorpresa a nivel individual. Algunos la amarán, otros la odiarán, y los más la considerarán como una experiencia más que añadir a su historial cinéfilo. Sea como sea nunca está de más acercarse a este tipo de cintas, en el caso de Meteóra tan sólo ya por su plasticidad visual y su contexto geográfico merece la pena.

Calificación: 6/10.

 
 

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Título original: Meteora

Año: 2012

Duración: 82 min.

País: Grecia

Director: Spiros Stathoulopoulos

Guión: Spiros Stathoulopoulos, Asimakis Alfa Pagidas

Música: Ullrich Scheideler

Fotografía: Spiros Stathoulopoulos

Reparto: Theo Alexander, Tamila Koulieva-Karantinaki, Adonis Kapsalis, Giorgos Karakantas, Dimitris Hristidis, Stelios Mavroudakos, Zoe Stathoulopoulou, Aleksandra Siafkou

Productora: Coproducción Grecia-Alemania

 

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