Magia a la luz de la Luna

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En el mundo hay dos tipos de personas: Las que creen en la magia y las que no. Aunque ya sé que dicho así parece una clasificación demasiado superficial y caprichosa para ser tomada en serio. Nada más allá de mi intención tampoco… pero en el fondo, si retorcemos un poquito el significado de la palabra “magia” nos daremos cuenta de que este parámetro nos puede resultar bastante útil a la hora de saber de qué pasta están hechas algunas personas.

Pongamos como ejemplo a uno de los personajes protagonistas de Magia a la luz de la Luna (de título original Magic in the Moonlight), la última producción que Woody Allen ha llevado a la gran pantalla. Su nombre es Stanley (Colin Firth), aunque algunos lo conocen como Wei Ling Soo. En principio suena raro, lo sé. Pero todo cobra sentido si aclaramos que el primero es su nombre de ciudadano anónimo de a pie y el segundo su alter ego artístico, identidades que casi nadie reconoce como pertenecientes a una misma persona. Aunque Stanley no es sólo destaca por ser un maestro del disfraz, sino que también lo hace por dominar el arte de la magia. De hecho es conocido en toda Europa gracias a sus espectaculares trucos de ilusionismo, los cuales lo han convertido en objeto de admiración tanto por parte del público como de sus compañeros de profesión. Stanley (o mejor dicho, el gran Wei Ling Soo) es capaz de dejar boquiabierto a cualquiera que tenga la oportunidad de observar sus números. Aunque quizás una de las cosas más curiosas que se pueden decir de Stanley es que es un gran mago que no cree en la magia. Es una de esas personas que concibe el mundo como un conjunto de realidades que atienden a la razón y la lógica, un lugar donde no hay cabida para lo inexplicable o irracional. Algo comprensible, por otra parte, ya que no deja de ser una persona que se gana la vida a base del engaños y vistosos artificios disfrazados de vistosos hechizos. Stanley, además, es un hombre de carácter algo extravagante, misántropo y sarcástico. Su obsesiva racionalización de la realidad le hace comportarse como un hombre implacable ante cada aspecto que se pueda salir de los márgenes de su geometría particular de ideas. ¿El amor? Una cuestión meramente pragmática. ¿La religión? Una patraña. ¿La vida? Algo que solamente es soportable si se la enfrenta con una dosis precisa de indolencia y espíritu cáustico.

Ya sabemos qué tipo de persona es Stanley, sin embargo habrá un punto de inflexión en su existencia cuando conozca a Sophie, una joven médium que asegura tener poderes que le permiten comunicarse con las almas de los fallecidos en el más allá. El afamado mago escéptico tendrá que catalogar por encargo de un compañero de profesión de farsante o verdadero prodigio a la joven pelirroja. Será entonces cuando el mundo cuadriculado de uno choque con el mundo misterioso de la otra y será entonces cuando el poder de la lógica se enfrente a lo enigmático. Una batalla entre la creencia y la incredulidad que tiene como consecuencia directa una deliciosa comedia que a pesar de su ligera apariencia se permite ir más allá de la temática romántica para tocar asuntos de más profundidad y calado. Por ejemplo, el de la necesidad de aferrarse a la fe en Dios o el amor como medio para escapar de la angustia vital, la ambigüedad de la certeza y el vacío espiritual al que conduce un esquema vital basado en lo puramente lógico y empírico.

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Los que ya sean asiduos al cine de Woody Allen van a encontrar en esta película todos los ingredientes característicos del autor. A saber; un guión que ejerce como principal pilar y sostén (¿alguien duda a estas alturas que estamos ante uno de los más grandes escritores de la historia del cine?), una temática que toca puntos ya habituales en su filmografía (religión, relaciones sentimentales, angustia vital, muerte…), un humor encantador y un tratamiento de los personajes tan pícaro como cariñoso. Hay que decir que no estamos ante una de las mejores películas del genio neoyorkino, pero también es verdad que no es una de sus peores obras y que, dentro de la dinámica irregular a la que últimamente nos tiene acostumbrados, la película es bastante atractiva y satisfactoria en cuanto a sus propias aspiraciones y resultados se refiere. No encontraremos en Magia a la luz de la Luna a ese Allen desatado capaz de hacernos cosquillas en el cerebro con sus continuos chistes certeros y sus ideas de doble filo. Tampoco nos introducirá en ningún registro dramático excesivo parecido al de sus dramas “pseudo-bergmanianos”. Aquí el veterano director opta por lo comedido y la sutilidad, haciendo que una comedia romántica rodada en pleno 2014 tenga cierto regusto al cine elegante y sofisticado de Lubitsch o incluso Wilder (cosa que no es poco).

Me atrevo a afirmar que el cine de Allen, aun estando a medio gas, es un regalo que no deberíamos infravalorar por el simple hecho de tener en su haber un gran número de obras maestras que harían sombra a cualquier producción diferente. Si lo situamos en el contexto actual, nos daremos cuenta de que estamos ante uno de esos directores cuya obra es una especie de eslabón casi extinguido que une la esencia del cine más clásico con las formas actuales del séptimo arte, hecho que sin duda es todo un tesoro para quienes sabemos disfrutar del encanto de los grandes maestros que dieron forma a esto del celuloide. Claro que no quiero decir con ello que haya que perdonar todos y cada uno de los posibles defectos que este pueda presentar en alguna de sus cintas. De hecho, en ésta última producción se hacen evidentes ciertos altibajos pronunciados en cuanto a ritmo, pasión y chispa. A lo mejor son cosas de la edad, pero este Allen, además de más irregular, se nos ha vuelto menos inquieto y ha perdido frescura. Y eso también se hace evidente en Magia a la luz de la Luna.

Sea como sea, estamos ante una película que destaca más por sus virtudes que por sus defectos. La escritura ejemplar de su libreto, los geniales diálogos que en ocasiones regala y la una inesperada química que transmiten Colin Firth y Emma Stone hacen que la propuesta funcione como lo que es y pretende ser. Si nos olvidamos que algunos de sus personajes secundarios están algo desdibujados y que su ritmo flaquea en algunos tramos, nos veremos disfrutando de una de esas comedias románticas livianas, pero inteligentes que gustan ser vistas con las espectativas adecuadas y dejan un poso agradable. Como complemento tenemos una genial banda sonora compuesta a base de jazz de los años 20 (época en la que se sitúa la historia), una magnífica ambientación y un escenario de excepción, la Costa Azul francesa.

Toca preguntar. ¿Quién da más? La verdad… muy pocos. Dejemos a los grandes genios que trabajen dentro de sus posibilidades y las obras maestras caerán por sí mismas. Seguro que Allen no se irá sin darnos otra de esas obras deslumbrantes que sólo los grandes genios pueden concebir. Mientras tanto, relajémonos; démosle margen, tengamos fe en su arte. Seguro que su magia acabará llamando de nuevo a nuestra puerta.

Calificación: 7’5/10

 
 

Magia_a_la_luz_de_la_luna_Ge_MCcartelTítulo original: Magic in the Moonlight

Año: 2014

Duración: 97 min.

País: Estados Unidos

Director: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Música: Varios

Fotografía: Darius Khondji

Reparto: Emma Stone, Colin Firth, Marcia Gay Harden, Jacki Weaver, Eileen Atkins, Simon McBurney, Hamish Linklater, Erica Leerhsen, Jeremy Shamos, Antonia Clarke, Natasha Andrews, Valérie Beaulieu, Peter Wollasch, Jürgen Zwingel, Wolfgang Pissors, Sébastien Siroux,

Productora: Sony Pictures Classics / Dippermouth / Gravier Productions / Perdido Productions / Ske-Dat-De-Dat Productions

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