M. Night Shyamalan

El hombre que escuchaba voces (II)

Joaquin Phoenix y Bryce Dallas Howard, jóvenes protagonistas de El bosque (2004)

Terminaba la primera parte de nuestro artículo sobre M. Night Shyamalan hablando sobre las decisiones erróneas de los personajes del cineasta indio. Y de decisiones, equivocadas o no, saben mucho los protagonistas de El bosque (2004), de largo la película más controvertida del realizador, o al menos la que más disparidad de opiniones ha generado. Es muy fácil encontrar cinéfilos que sienten que Shyamalan les tomó el pelo con esta película, pero no se equivoquen. No es el director quien los engaña, sino una de las peores y más manipuladoras campañas de promoción que se recuerdan. Eso y los propios prejuicios de un público acostumbrado a los “sustos de las películas de Shyamalan”, cuando, como ya hemos dicho, se trata de un director mucho más dramático que otra cosa. Porque El bosque no es una película de terror. Tiene un cierto suspense, el que emana de “Aquellos de los que no hablamos”, unas misteriosas criaturas que habitan en unos bosques de Pensilvania y que son responsables de mantener aislados a los habitantes del pueblo donde se desarrolla la acción, pero en modo alguno es una cinta de terror. Muy al contrario, se trata de un drama que podríamos definir como casi costumbrista, de una historia de amor maravillosa y nada cursi o fácil (¡qué poesía desprenden las escenas entre Ivy y Lucius!) y sobre todo de una de las películas que mejor ha analizado el dolor de una pérdida y el poder que tiene ese dolor en personas atenazadas por el miedo, un  poder que incluso se extiende a sus hijos y todos los que los rodean. Eso es El bosque, quizás la película más compleja de Shyamalan, la más difícil, la más hermosa y poética (vuelvan a ver sus mágicos minutos finales, por favor, con los miembros del Consejo reunidos frente a Lucius), y sin duda la más infravalorada. También es la más rabiosamente americana. Como dice nuestro compañero Germán Escribano, es como si Nathaniel Hawthorne, autor de La letra escarlata, o James Fenimore Cooper (El último mohicano), hubieran podido hacer cine. Hay algo profundamente americano en el interés de los personajes de la película por salir adelante y porque primen siempre la esperanza, el amor y, como dice el personaje que interpreta William Hurt, la inocencia, aunque todo ello se intente mantener de forma tal vez equivocada. Y por supuesto, se trata también de una pieza maestra de técnica cinematográfica por parte de Shyamalan, aquí en la cumbre de su talento como realizador. Su dominio del plano y su dirección de actores, ayudado de forma magistral por una fotografía y una banda sonora que no hacen sino embellecer aún más el conjunto, son propios de un privilegiado artesano.

La joven del agua (2006), su siguiente proyecto y quizás uno de los más personales (la idea surgió de una historia que el cineasta contaba a sus hijas al acostarlas), volvió a sufrir del mismo problema. Esta vez la distribuidora ya no era Disney, tras una traumática separación entre estudio y realizador, pero Warner Bros, la nueva casa del indio-americano, volvió a cometer el mismo error que había lastrado a El bosque. Una vez más, la campaña de promoción volvía a intentar venderla como una cinta de terror. Y aunque es cierto que existen algunos momentos de cierta inquietud (los de las apariciones de la criatura lobuna que acecha a la ninfa protagonista, Story, e intenta matarla para que no logre regresar a su Mundo Azul), la película vuelve a ser más un drama que otra cosa. Y, sobre todo, es un cuento, y como tal hay que verla. No vale la pena plantearse por qué todos los vecinos de la comunidad ayudan a la protagonista sin pensárselo dos veces o por qué aparecen criaturas fantásticas. El prólogo deja muy claro que estamos ante un cuento de fantasía, y, si el espectador entra en el juego y se deja llevar por esa magia, La joven del agua es otra experiencia inolvidable de escenas de poderosa emotividad y una sabiduría cinematográfica de Shyamalan ante la que sólo cabe rendirse. De nuevo encontramos un personaje co-protagonista, Cleveland (gran Paul Giamatti), traumatizado por un suceso doloroso del pasado, y Shyamalan insiste en el análisis de ese dolor como carretera principal sobre la que vertebrar la fantasía que se sucede a su alrededor. Es una película de innegable belleza, coronada por otra banda sonora superlativa de James Newton-Howard y llena de valiosas lecciones de humanidad, solidaridad y reconocimiento de las cosas verdaderamente importantes de la existencia mediante la odisea de la narf Story (otro gran trabajo de Bryce Dallas Howard) para salir viva de su periplo terrestre.

Paul Giamatti y Bryce Dallas Howard en La joven del agua (2006)

Paul Giamatti y Bryce Dallas Howard en La joven del agua (2006)

A partir de 2007 llega lo que podría llamarse “el declive” del director. La joven del agua se estrelló en taquilla, la gente le empezó a coger una tirria monumental a Shyamalan (es bien sabido que una buena parte del público, sobre todo en EEUU, reacciona con profundo disgusto al leer el nombre del realizador indio en los créditos de un proyecto o incluso en un tráiler) y todo cambió. Night le vio al fin las orejas al lobo e hizo lo que, como director y guionista, seguramente le dolió mucho hacer: renunciar a sus señas de identidad en favor de lo puramente comercial para recuperar el favor del público. Así llego El incidente (2008), una película que parece hecha para contentar a los detractores más acérrimos de Shyamalan y para contestar a todas las quejas que habían suscitado El bosque y La joven del agua. ¿Que no da miedo? Pues he aquí una película que parte de un concepto ciertamente aterrador como es el de una amenaza que no puede combatirse de ninguna manera y que obliga a huir a los seres humanos sin saber muy bien adónde o qué pueden hacer para salvarse (en este caso, un extraño ataque químico de los vegetales). ¿Que es demasiado compleja? Pues entretenimiento puro en menos de una hora y media. ¿Que no hay sustos? Pues allá van unos cuantos, con cierto gore incluido. El experimento funcionó sorprendentemente bien en taquilla, reconciliando a medias al realizador con parte del público, aunque no logró contentar ni a los que esperaban más de alguien que había escrito El sexto sentido ni tampoco al consumidor habitual de cine de terror o fantástico. La película, no obstante, no es tan mala como indicaron sus nefastas críticas de entonces. Funciona como lo que es, un entretenimiento puro y duro, y sin duda tiene algunos pasajes que mantienen ese dominio clásico del realizador sobre la tensión y los momentos de horror ante lo desconocido (atención a la escena de los protagonistas escuchando aterrados los suicidios de un grupo de afectados por la toxina mortal sin atreverse a dar un paso más), pero en general se echa muy en falta mayor profundización en personajes e historia (no hay apenas ninguna) y una revisión urgente de muchos diálogos que dan vergüenza ajena.

Después, llegarían lo que sencillamente fueron decisiones equivocadas. La primera fue Airbender (2009), adaptación de una famosa serie animada y uno de los blockbusters más desgraciados y equivocados de los últimos años, un desastre de pies a cabeza empezando por su escaso encanto y terminando por su equivocado casting (¿Dev Patel como malo malísimo?). La segunda y más grave fue After Earth (2013), que, pese a ser algo superior a Airbender en lo estrictamente cinematográfico, ve acentuada todavía más esa falta de alma y emoción que ha empañado las últimas obras de Shyamalan. Fue, además, un proyecto al servicio del poderosísimo Will Smith, empeñado en convertir en estrella a su hijo Jaden, un actor con escaso carisma y ninguna preparación, en absoluto listo para cargar sobre sus hombros con el peso de una película tan mastodóntica. El resultado artístico fue realmente pobre, desangelado y soso hasta la extenuación, y la taquilla así la sentenció dejándola herida de muerte como uno de los pinchazos más dramáticos del año.

Jaden Smith, protagonista de After Earth (2013)

Jaden Smith, protagonista de After Earth (2013)

Veremos qué ocurre este año con La visita, la película que estrena en nuestro país este próximo 12 de octubre, y que se postula como una suerte de revisión de Hansel y Gretel en tono de horror comedy, con dos chavales que descubren que sus aparentemente inofensivos abuelos son dos psicópatas de cuidado. Por lo pronto, el riesgo económico es mínimo (tan sólo 5 millones de presupuesto) y el tráiler (veremos si esta vez fiel a la realidad o no) anuncia una fresca propuesta terrorífica pero también llena de humor, negrísimo por supuesto. La pregunta clave sobre su responsable es si algún día volverá ese M. Night Shyamalan que demostró al mundo que se podía hacer poesía visual con el mundo de los muertos, nos contó historias de amor más poderosas que el miedo y cantó alabanzas a las señales que ocurren a diario en las vidas de los hombres. Esperemos que, como rezaba el prólogo de La joven del agua, los hombres no hayamos olvidado cómo escuchar, y esperemos que Shyamalan aún tenga mucho más que ofrecer y muchas más historias con las que entusiasmarnos como lo hizo antaño.

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