Lynch (Parte 2)

Su obra. Sombras, miedo y recuerdos.

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Seguimos en esa travesía. La que recorre las tierras tenebrosas pero cercanas de nuestro creador favorito para conocer algo mejor su pensamiento y su forma de ilustrar su creatividad y las tinieblas mentales del individuo. Hoy, seguiremos por dónde lo dejamos. Tras repasar sus 3 primeras grandes piezas, es el turno de nadar por mares profundos, distintos, pero con algo en común: sentimientos puros no exentos de sombras circunstanciales.

Aquí va otro trío de propuestas con lo mejor de Lynch.

4. Cabeza borradora

Humo, ruido, enfermedad, dolor y sueños. Su primera gran pieza, pivota en lo más profundo de nuestro ser para mandar un mensaje claro: “somos humo y en humo nos convertiremos”. Cabeza borradora es un viaje. Una travesía sin retorno al peligroso mundo de los sueños y su influjo; una fábrica ilimitada de ambientes degradados, cargados de negatividad y sumamente influenciados por el cerebro y su, en ocasiones bizarra, interpretación de los acontecimientos.

A través de la visión de Henry Spencer (Jack Nance) la cinta nos transporta a su particular mundo de pesadillas. Un recoveco dominado por el miedo, la irrealidad y el caos. Una cueva en la que su propio eco se ahoga ante tanto martilleo y tanta industria de fondo. Metáfora no tan surrealista de la abstracción y aislamiento que el ser humano sufre por su propia condición donde el silencio y la ausencia de narración fluida se convierten en la perfecta herramienta transmisora de emociones aquí.

Cabeza Borradora se ha convertido con el paso del tiempo en un mito. En algo especial. En una obra enigmática e inquietante que explora el sufrimiento como pocas. Supuso en su día la gran puesta de largo de Lynch y quizás sea lo más inexplicable y distinto que haya hecho en las 3 últimas décadas. Pura esencia del cineasta. Inolvidable.

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5. Una historia verdadera

Y llegaron los sentimientos a flor de piel. Se olvidaron las sombras y emergió la sencillez. En Una historia verdadera sigue explotando y explorando la soledad humana, hurgando en emociones pasadas para explicar ese proceso de alienación; pero se olvida de ese miedo tan irracional y exagerado para darnos una visión algo más normal, algo menos descabellada, algo más sencilla de nuestra forma de pensar, focalizando sus esfuerzos en mostrar nuestra parte más débil.

Sí, parece increíble que sea capaz de respetar su misión que no es otra que indagar en el ser humano y en sus claros y tinieblas; y que sea capaz de hacerlo desde tan distintas perspectivas sin perder un ápice de lucidez e identidad al trasladarlo a la gran pantalla. En todas se habla de lo mismo pero el trasfondo cambia, aunque los personajes desenfocados aparezcan de forman permanente en su cine.

Una historia verdadera sigue el hilo del resto, pero de qué forma. Si has visto Nebraska, la historia pudiera resultarte algo familiar. Un hombre anciano emprende un viaje para visitar a un familiar (su hermano) viajando en su cortacésped. Pero no es sólo eso. Lo esencial aquí es el viaje emocional que sufre el personaje de Alvin Straight (Richard Farnsworth-aquí nominado al Oscar-) y lo que hace que cambie de pensamiento y de actitud, pasando por el arrepentimiento y la pena. Ese tránsito hacía el corazón humano y esa confirmación del amor hacía la familia y su importancia.

Lynch transformó una historia de una línea en una maravilla. No necesitó ni mucho presupuesto, ni excesivos diálogos, ni demasiadas rimbombancias. Con una fotografía insuperable (increíbles panorámicas de la América más profunda), una música supra sobresaliente y un actor principal (y secundarios- jamás olvidaremos la interpretación de Sissy Spacek-) rozando la excelencia y manejando los tiempos con una sensibilidad increíble, le sobró para marcarse una aventura inolvidable.

Genial. Mágica. De obligado visionado vamos.

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6. Mulholland Drive

“¿Te gustan los puzles?” Con esas 4 palabras dentro de dos signos de interrogación, podría definirse esta inclasificable pieza que se sacó de la manga en 2001.

Amada por un gran sector pero también odiada por otros tantos, la cinta aparece como un ente indefinible que carece parcialmente de sentido, de una narración fluida y que se torna caótica e inexplicable por momentos. ¿Pero es que acaso no somos caóticos? ¿Acaso no perdemos la total lucidez de vez en cuando? La respuesta es rotundamente sí.

Con Mulholland drive, Lynch diseñó un plan concienzudamente complejo adrede. Por una parte aparece una crítica al “star system” americano, pero sin dejar de lado la locura transitoria por la que pasan los actores en particular y las personas en general. Un vistazo a la industria cinematográfica más bizarro y particular que el mostrado por Cronenberg con su Maps to the stars haciendo más hincapié si cabe en la irregularidad de nuestro pensamiento.

Lo que empieza siendo normal aquí deriva en caos y lagunas (¿fundadas?). Una actriz en paro conoce de forma fortuita a una mujer amnésica que no recuerda nada de su vida. La primera ayuda a la segunda en su labor de recuperar su pasado lo que finalmente supondrá una conexión más profunda entre estas. Esa es la línea principal sobre la que navega el metraje, pero es fácil perderse la verdad… Desenfoques, flashbacks confusos, sueños y paradojas irreales se tornan en la principal herramienta que utiliza el cineasta para confundir, para engañar o jugar con el espectador y propiciar que visionado a visionado encuentre matices que hagan diferir su interpretación del contenido de la cinta.

El director pone piezas, retazos, instantáneas y busca que el espectador construya. Esa falta de definición es la que convierte a Mulholland Drive en algo exótico, en algo especial, en un experimento con un aroma a extraño que termina atrayendo. Pero también se convierte en la principal razón por la que pudiera resultar pedante, difusa. Una broma del realizador para gente poco acostumbrada a propuestas de esta índole. Una castaña igual de grande que el supuesto ego del cineasta.

Esas son sus cartas. Prueba e interpreta. ¿Te apuntas?

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