Los odiosos ocho

Cuando confiar no es una opción (o «El juego de la paciencia»)

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De entre todos los grandes iconos que nos ha regalado el western desde que existe como género (ya sea literario o cinematográfico) quizás el más reconocible y popular sea la figura del cazarrecompensas, una encarnación a su vez literal y simbólica de aquella actitud ambiciosa y valiente que muchos de nuestros semejantes con frecuencia sueñan y tan solo unos pocos se han atrevido a emular. Estos personajes, a menudo renegados solitarios que no rinden cuentas a nadie más que a sí mismos, tienen una fuerza y un atractivo ante el que resulta casi imposible no sucumbir. Con un pié en el terreno de la ley y con el otro fuera de ella, a menudo su representación suele ir más allá de los simples estereotipos o las definiciones planas, siendo muy habitual que la línea que los separa de ser un héroes o villanos sea ciertamente difícil de distinguir. Como consecuencia, los que amamos las historias con personajes fuertes, carismáticos y bien construidos, recurrimos sin vergüenza ninguna a las fuentes que han dado de beber y alimentado a un género que siempre pareció relegado a morir marginado fruto de un lento y agónico ocaso, pero que siempre ha sabido plantarse ante las modas efímeras que suelen surgir en el mundo del arte. Y es que, por muy baratas que fuesen aquellas novelas de vaqueros que todos alguna vez hemos visto comprar o por muy poco presupuesto que tuviesen algunas de sus referencias cinematográficas, siempre hubo alguien que supo mirar a este tipo de relatos de otra forma. De aquellos visionarios que supieron hacer del western un género grande todos guardamos nuestra efigie particular, pasando por aquellas del cine del mítico Sergio Leone o, sin ir más lejos, las que los hermanos Coen nos regalaron con su genial remake de Valor de ley (True Gift, 2010).

A Quentin Tarantino, seguidor confeso de este tipo de historias y realizador evidentemente influenciado por el cine de Leone y compañía, tampoco se le escapa el enorme peso que puede tener un buen personaje en cualquier historia, y consciente también de la infalible atracción que tienen aquellos antihéroes de los que estamos hablando, ha decidido que su nueva película esté construida alrededor de la figura de dos cazarrecompensas de esos que miran a su destino con los dos ojos fijos en él y la mano firme, sujetando el revólver.

Teniendo ello en cuenta, podría decirse que Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015) es, ante todo, uno de esos westerns descarnados y sin complejos que nos regala algún personaje para la memoria. La buena noticia es que aquí el regalo es múltiple, pues en esta ocasión la ya conocida capacidad del nacido en Knoxville para facturar roles memorables es digna de catalogarse como magistral. Así pues, ya sea tan solo por el privilegio de poder conocer y disfrutar de sus dos protagonistas principales o el resto de los que pueblan su compleja trama, merece la pena acercarse a ésta película. Aunque ello no quiere, ni mucho menos, decir que estemos ante una de esas obras que poco más tienen que ofrecer aparte de un buen puñado de pistoleros violentos y carismáticos, sino más bien al contrario ya que, curiosamente, el trabajo que el director ha decidido dedicarle a su libreto ha permitido que el relato esté a la altura del poderoso empaque de sus instantáneas y ya icónicas figuras protagónicas.

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La historia que nos cuenta The Hateful Eight se nutre de los cánones más reconocibles de cualquier narración que podamos encuadrar en dicho género. Enmarcada en el contexto histórico de la Guerra de Secesión y en la gélida geografía del estado de Wyoming más invernal, la película es el relato de dos cazarrecompensas, John Ruth y el mayor Marquis Warren (Kurt Russell y Samuel L. Jackson respectivamente), que se encuentran en el helado camino de una diligencia la cual transporta a Red Rock a la archibuscada fugitiva Daisy Domerge, una mujer que bien vale un buen puñado de dólares. Obligados a huir de una violenta ventisca que los acecha, y después de recoger a otro desconocido que dice ser el nuevo y futuro sheriff del lugar, los pasajeros del carruaje se verán forzados a parar en la mercería de Minnie, un solitario punto clavado entre las nevadas montañas y a medio camino de la nada donde no tendrán más remedio que refugiarse durante uno o dos días hasta que la tormenta se apacigüe. Pero una vez los ocupantes de la diligencia llegan al local de Minnie se encuentran con que allí le esperan un puñado de hombres que parecen ocultar algo y no ser quienes dicen ser, surgiendo un juego de mentiras y un conflicto de intereses que tendrá mucho que ver con Daisy Domerge y que poco a poco hará del lugar una olla a presión a punto de explotar.

Lo dicho: forajidos, un puñado de hombres duros armados dispuestos a lo que sea por llevarse la recompensa que supone la entrega de Daisy Domerge a cualquier autoridad y un paraje inhóspito y solitario donde cualquier atisbo de ley es poco más que un ideal casi romántico e inaplicable. Cualquiera de estos elementos respondería a las características más obvias y populares del western al uso, pero ya sabemos que a Tarantino le gusta hacer las cosas a su manera. Así que, a pesar de lo que pueda parecer a priori, Los odiosos ocho guarda mucha más similaridad con cualquier novela de misterio de Agatha Christie que con las referencias típicas que a cualquier aficionado se le vendrían a la mente. The Hateful Eight responde más bien a las virtudes y actitudes que hicieron que en su día considerásemos a Tarantino un guionista de culto. En este sentido, encontramos más ecos de Reservoir Dogs (1992) que de cualquier película de Leone. Bien es cierto que, como siempre, a nivel de realización se vuelve a homenajear a los grandes maestros y que la cinefilia del director norteamericano le conduce a disparar esa lluvia de referencias a las que nos tiene acostumbrados; pero aquí todo es más contenido de lo que cabría esperar y se sostiene más en el diálogo que en la acción, al menos hasta que estalla el inevitable infierno que se va cociendo a fuego lento y que, entonces sí, salpica hasta al apuntador, revelando los vicios y virtudes del responsable de películas tan particulares como Kill Bill Django desencadenado.

Dentro de sus casi tres horas de metraje podremos encontrar los habituales guiños y sellos característicos de la casa, una genial dirección de actores (quizá lo más sobresaliente de la cinta), un protagonismo primario de la banda sonora, un gusto por los diálogos extensos e irreverentes fuera de lo normal (ojo a cómo se tratan las cuestiones raciales de los norteamericanos porque no tiene desperdicio) y una narrativa dividida en episodios que no castra sino enriquece el contenido. Pero en esta ocasión parece que su máximo responsable ha querido que prime por encima de todo su faceta de escritor, haciendo de Los odiosos ocho una de sus referencias personales más «comedidas» e incluso sobrias.

Hay un momento crítico en la película en la que alguien espeta una frase que viene a decir algo así como: «así que este juego se llama Paciencia…«, y a mí no se me ocurre una sentencia mejor para definir la esencia de ésta, la última película de Tarantino hasta la fecha. Está elaborada con serenidad y requiere la del espectador para desarrollar su complicada y bien hilada trama. Es entonces, cuando nos hacemos a su ritmo y su tono, a veces frívolo y a veces seco y pausado, cuando las capas del misterio se van desvelando y la presión sube hasta que nos terminamos descubriendo atados a la butaca y disfrutando, de nuevo, del característico y juguetón acento de Samuel L. Jackson, la chulería innata de Michael Madsen, de las dotes ambigüas de Tim Roth, la luminosa sonrisa de Zöe Bell y las demás virtudes del impresionante reparto. Sumémosle a esto la partitura de Morricone, una de esas mujeres durísimas y rebeldes que Quentin siempre se saca de la manga (increíble Jennifer Jason Leigh), los habituales regueros puntuales de sangre y la ya acostumbrada narración magistral y todo ello no hará sino confirmar que, haga lo que haga, Tarantino siempre termina por hacer de sus películas algo personal y siempre hace de éstas una excusa para divertirse y que nosotros hagamos lo propio. Todo lo demás; lo del capricho del formato panorámico en una película que casi se desarrolla exclusivamente en interiores o lo de sus circunloquios casi ególatras es perdonable e incluso comprensible si tenemos en cuenta que, al fin y al cabo, estamos ante alguien que se ha ganado a pulso ser al mismo tiempo uno de los niños mimados de Hollywood y el enfant terrible de la industria.

Como todos los genios, Tarantino levanta pasiones. Y a pesar de que, como a todos, el tiempo se encargará de darle su justo lugar como cineasta, a día de hoy podemos decir que su cine, siempre, será fiable. Y eso ya es algo tan elocuente como significativo.

Clasificación: 8’5/10

 

Odiosos_ocho_cartel_Ge_MCTítulo original: The Hateful Eight

Año: 2015

Duración: 167 min.

País: Estados Unidos

Director: Quentin Tarantino

Guion: Quentin Tarantino

Música: Ennio Morricone

Fotografía: Robert Richardson

Reparto: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Demian Bichir, Walton Goggins, Tim Roth, Bruce Dern, Michael Madsen, James Parks, Dana Gourrier,Zoë Bell, Channing Tatum, Lee Horsley, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark,Belinda Owino

Productora: The Weinstein Company

         

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