La novia

El rastro de tu sangre en el polvo

Viendo La Novia cabe hacerse una pregunta. De haber podido verla, ¿le habría gustado a Federico García Lorca esta película sobre sus Bodas de sangre? Seguramente sí, porque La Novia es esencia lorquiana pura, aunque contada de una forma especial.

Especial porque Paula Ortiz, como ya demostró en su ópera prima De tu ventana a la mía (2011), es una directora especial. Se habla con frecuencia de Terrence Malick cuando se analizan las películas de la realizadora aragonesa, y no sin razón. La propia Ortiz reconoce al autor de Malas tierras como una gran influencia en su manera de concebir el cine, y se nota. En La Novia, al igual que su predecesora, Ortiz hace gala de un despliegue visual que sin duda va a provocar desasosiego a más de un espectador y escandalizará a los más puristas. De una manera muy similar a la del Macbeth de Justin Kurzel que se estrena también por estas fechas, Ortiz se lanza sin red a un mundo de cámara lenta, estética videoclipera y multitud de escenas oníricas o incluso pesadillescas (el desmayo de la novia en la boda mientras baila). Las imágenes son sin duda hiperbólicas y Ortiz trata de lograr que sean un valor en sí mismas, más que un simple medio para contar la historia. En otras palabras, es una película hecha con gusto, medida al milímetro en lo visual y llena de la personalidad creativa de la realizadora, bien evidente, como hemos dicho, para todos los que vieran su primera película. Seguramente a parte de público le va a costar conectar con ese estilo visual y muchos se preguntarán por qué hay escenas tan largas sin diálogo, pero quienes entren en el juego quedarán fascinados por la fotografía y el montaje que acompañan la realización de la maña.

Pero todo eso le sienta bien a la tragedia de la novia, el novio y Leonardo. La simbología, ya muy presente en la letra impresa, aparece con más fuerza que nunca (los cristales que estallan, reflejo de la lucha interior de la novia; el caballo como símbolo de la sexualidad y también del peligro y la masculinidad que representa Leonardo) y refuerza el drama, presente desde ese prólogo demoledor que queda completado en el epílogo. La concepción decididamente extraña de la propuesta hace que Ortiz disfrace una tragedia netamente andaluza (aunque exportable a cualquier zona rural de aquella España, o de esta… ¿recuerdan Puerto Hurraco?) de casi western americano e incluso a veces de cinta de terror (las apariciones sobrenaturales de la anciana que profetiza la tragedia a la novia). Con los paisajes desérticos de los Monegros y la Capadocia turca de fondo, eso sí. El resultado es, en pocas palabras, poesía en movimiento. Porque sí, La Novia es poesía. Las imágenes son fascinantes hasta el punto de que resulta difícil apartar la mirada de la pantalla, pero además la historia alcanza cotas de pasión y emoción realmente extraordinarias (atención a las escenas de cante y baile en la boda). Es cine vivo, por raro que resulte, lleno de todo lo que nos hace humanos, que sacude el corazón y las entrañas por muy sabida que esté la historia. Pocas veces se han visto imágenes tan hermosas acompañadas de palabras tan bellas (recitadas muchas veces en verso o con frases directamente sacadas de la obra de Lorca, y sin que suenen exageradas o demasiado líricas en los oídos del espectador) mientras se cuenta una historia tan desgarradora como la de la pasión prohibida entre la novia y Leonardo, que no es otra que la de la razón contra el corazón en un mundo incapaz de entender tal lucha. La lucha que se desata en el interior de la protagonista por decidir entre el novio, que es bueno, noble, trabajador, encantador, sencillo, amable y devoto de su amor, y Leonardo, salvaje, guapo, rebelde, de oscuro pasado y lleno de un atractivo sexual imposible de resistir…

Y qué decir de los actores. Tener en papeles tan pequeños a actrices de la talla de Mariana Cordero, Ana Fernández o Manuela Vellés (esta última, casi invisible realmente) ya da una idea del equipo que ha logrado reunir. Carlos Álvarez-Novoa, a quien se dedica la película por su reciente fallecimiento, es la contención, el dolor en silencio, la resignación ante la tragedia. Luisa Gavasa, que ya tenía un personaje inolvidable en De tu ventana a la mía, está sobresaliente como la madre del novio, esa clásica mujer lorquiana llena de resentimiento, acostumbrada a llevar la vara de mando y, sobre todo, la representación de esa maternidad tan propia del granadino, entre terrible y amantísima. A Asier Etxeandia le faltaba un gran personaje en el cine que hiciera justicia al talento y la potentísima presencia que ha mostrado en el teatro desde 2003, y lo ha encontrado en el novio, a quien retrata con una sinceridad y sensibilidad encantadoras que estallan en el tercio final tornándose en furia asesina. Álex García, por su parte, personifica muy bien ese magnetismo animal y sexual de Leonardo. Pero la dueña y señora de la película es una Inma Cuesta a quien no le hacen falta palabras para resultar memorable, porque ya lo dice todo con los ojos, el cuerpo y esa presencia arrebatadora que tiene. Su transformación es una gozada de contemplar y rezuma emoción por cada poro. Sin duda es la más lorquiana de nuestras actrices (la melena azabache, la piel morena, los ojos negros… no creo que costara mucho darse cuenta de que era perfecta para el personaje), y salvo sorpresa, el Goya va a ser suyo con todo merecimiento. Realmente, la protagonista de La Voz Dormida (Benito Zambrano, 2011) hace magia cada vez que aparece ante la cámara.

Si la película no se lleva la máxima nota es por tres fallos. El primero es la ausencia de un final auténtico para el personaje de una gran Leticia Dolera. Después de lo que hace, cabía esperar un último paso hacia la amargura para ella. El segundo es el momento cumbre de la tragedia, que sucede en el monte, y cuyo dramatismo es arruinado por una música equivocada. Y el tercero y más sorprendente es la poca atención que se ha puesto en la dicción de los actores en algunos momentos. Es bastante alucinante que, en una película en la que se susurra tanto, a veces no se entiendan bien las frases, especialmente las de García (aunque Gavasa y Cuesta también tienen algún momento en que las palabras se les pierden en un murmullo de labios). Una pena.

Así es La Novia. Arrebatadora, apasionada, arriesgada, poética, una oda a la libertad más salvaje y terrible en la que belleza y sufrimiento van de la mano, para los personajes y también para el espectador. No se la pierdan.

P.D: ¡Ah! Si tienen curiosidad por saber quién es realmente esa anciana tan inquietante a la que da vida María Alfonsa Rosso (¿La Muerte? ¿El Diablo? ¿Una personificación de la culpa de la novia?)… atentos al soberbio final de la cinta.

Lo mejor: Prácticamente todo, y muy especialmente la pasión que desprende, su estilo visual y su reparto, liderado por una sobrenatural Inma Cuesta.
Lo peor: El drama final es menos impactante de lo que debería ser, y a veces no se entienden bien las frases.

Calificación: 9/10

 
 

Título original: La novia

Año: 2015

Duración: 93 min.

País: España

Director: Paula Ortiz

Guión: Paula Ortiz, Javier García Arredondo (Obra: Federico García Lorca)

Música: Shigeru Umebayashi

Fotografía: Migue Amoedo

Reparto: Inma Cuesta, Asier Etxeandia, Álex García, Luisa Gavasa, Carlos Álvarez Novoa,Ana Fernández, Consuelo Trujillo, Leticia Dolera, María Alfonsa Rosso, Manuela Vellés, Mariana Cordero, Carmela del Campo, Álvaro Baumann, Anchel Pablo

Productora: Get In The Picture Productions / Mantar Film / TVE (Televisión Española)

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