Festival de San Sebastián 2017 (Día 8)

Schwentke hace subir la calidad media de una más que correcta Sección Oficial

Penúltimo día y aquí continuamos. Con mucho sueño, con algo de hambre y con instantáneos mareos. Pero visionando y analizando grandes películas. Ya saben, sarna con gusto no pica. El último largometraje a competición de la Sección Oficial se proyectaba esta mañana, Der Hauptmann (The Captain), obra del realizador alemán Robert Schwentke, responsable de títulos tan dispares como Tatto (2002), Plan de vuelo: Desaparecida (2005), Más allá del tiempo (2009) o el díptico de La serie Divergente (2015 y 2016). Ahora regresa a su país natal para dirigir y escribir en solitario esta historia enmarcada en los últimos suspiros de la II Guerra Mundial sobre un joven soldado nazi que huye del campo de batalla y que en su fuga se encuentra un uniforme de capitán abandonado. La suerte del muchacho permutará pero también su condición, su moral interior. 

El filme tiene un arranque espectacular, sobresaliente. Más tarde comenzará a decaer un poco. Pero al final deja una interesante reflexión sobre el poder del uniforme, del hábito. Sobre el gregarismo, la violencia oculta de cada individuo y la alienación del ser humano. Sobre el odio y el resentimiento soterrado que hace estallar siempre contra los más débiles. Sobre la degradación del poder. Y sobre un sistema que atrapa y automatiza. Con secuencias cruentas y crueles, la película refleja un inaudito episodio del conflicto bélico más sangriento habido en la historia donde la lucha y el sadismo la realizan alemanes contra alemanes. Se matan entre ellos.

Hay que recalcar la imponente interpretación de Max Hubacher y la absorbente fotografía en blanco y negro de Florian Ballhaus. Como decía más arriba, lástima que decrezca en calidad mientras pasan los minutos, porque podría haber sido una obra redonda. Aun así nos quedamos con un filme imprescindible y muy estimulante.  No me extrañaría que se lleve algún premio en el palmarés que el Jurado Oficial anuncia mañana.

En esa alentadora sección llamada Perlas donde el público y la crítica por igual la persiguen en la programación para ver los filmes que la forman, se proyectaba la película norteamericana The Big Sick (La gran enfermedad del amor), dirigida por Michael Showalter y producida por Judd Apatow, con un gran éxito de taquilla en USA. La trama cuenta la historia real de una pareja que se conocen una noche y que, en lo que parecía ser un encuentro sexual de un día, se convertirá poco a poco en una bonita historia de amor. Pero el conflicto cultural será un obstáculo en la relación, pues Kumail, el chico, es musulmán y sus padres son estrictos en cuanto a seguir la tradición de su religión, por lo que no verán con buenas ojos a Emily, la chica, de raza blanca. Kumail Nanjiani escribe y protagoniza su propia experiencia personal, un dato que le aporta más emoción al visionado. La adaptación de la comunidad musulmana en los Estados Unidos, en la cultura occidental, es un tema que se aborda aquí con conocimiento de causa.

The Big Sick es simpática. Agradable. La ves con una sonrisa perpetua en la cara. Una película de esas que transmiten buen rollo y una gran satisfacción al salir de la sala. Aunque eso sí, es poco original. Mucho menos de lo que, quizás, sus creadores puedan pensar. Además le sobran algunos minutos, pues su último tramo, cuando sabes todo lo que va a suceder, es incongruentemente largo. Se estira como un chicle sin ninguna necesidad. Aun con todo, y con una estupenda Zoe Kazan, el público echará unas risas y pasará un buen rato con esta entrañable historia romántica. Convencional pero efectiva. Estoy convencido de que hará también buena taquilla en nuestro país.

A continuación le llegaría el turno a The Wife (La buena esposa), del director sueco Björn Runge, quien ganó la Concha de plata a la mejor fotografía en 2011 con su anterior obra, Happy End. Ahora Runge nos sumerge en la vida de un matrimonio sexagenario que supuestamente es perfecto. Él es un escritor y ella, aparentemente, solo es ama de casa. En una madrugada cualquiera reciben una llamada por parte de la Academia sueca comunicándoles que Joe Castleman (el marido) ha sido galardonado con el prestigioso Nobel de Literatura. Al contrario que en otras películas que también tienen a nóbeles literarios como protagonistas, véasen los casos de Volver a empezar (José Luis Garcí, 1982) o de la más reciente El ciudadano ilustre (Mariano Cohn, Gastón Duprat, 2016), aquí la trama transcurrirá no después de recibir el premio, sino en los días previos a la celebración, en la propia ciudad de Estocolmo. 

Esta coproducción entre Suecia y Estados Unidos posee un buen elaborado guion, con unos esenciales personajes secundarios como los hijos del matrimonio o ese pertinaz periodista que quiere realizar una biografía del escritor, quienes aportan muchísimo al relato. Aunque es verdad que algunos subrayados finales se podían haber obviados perfectamente. Lo cierto es que esta historia sobre las falsas apariencias, la mentira, el fraude o la ambición del artista sin escrúpulos para alcanzar la gloria me engancha, y mantengo un gran interés hasta su desenlace. También se vislumbra un punto feminista. Y se trata, igualmente, de un extraño homenaje a los cónyuges de los creadores. A las “hacedoras de reyes”, como se dice en la propia cinta. Por ser la inspiración, la musa, y aguantar todos los caprichos, llantos y alegrías del artista, sacrificando su vida por la obra de su pareja.

Impecable Glenn Close. Maravilloso título para cerrar esta edición del Zinemaldia. Gran acierto de José Luis Rebordinos de programarla como la película de clausura, pues se trata de un drama con tintes cómicos y secretos por resolver que gustará a todos los públicos.

Rematando la jornada me adentré a ver con escepticismo Loving Pablo, el último largometraje del talentoso Fernando León de Aranoa. Antes de entrar en sala mis expectativas eran bastante bajas por lo que se dijo de ella en la pasada Mostra de Venecia, donde tuvo lugar su estreno mundial, pero una vez visionada he de decir que me ha entretenido muchísimo. Eso sí, esta propuesta no tiene nada que ver con la filmografía de Aranoa, sino que se trata de una obra para el gran público. Funciona mejor como cine de acción y espectáculo que como drama.

Ambientada en los años 80 y principios de los 90, la cinta se centra en la figura del narcotraficante colombiano Pablo Escobar, muy célebre en los últimos años gracias a numerosas películas y series que se han realizado sobre él, destacándose la serie Narcos (2015) o el largometraje Escobar: Paraíso Perdido (2014). Aquí los hechos son narrados desde el punto de vista de la periodista colombiana Virginia Vallejo, quien mantuvo una relación amorosa con el capo. El director español se tambalea un tanto caminando entre la recreación más veraz y fidedigna de los hechos y la parodia involuntaria. Algunas secuencias están a punto de romper ese frágil equilibrio, torciéndose hacia lo segundo. En cambio otras son espectaculares, rodadas con una gran factura técnica. Donde los momentos brutales y heavy propios de este mundo de las drogas tendrán su lugar en el metraje. 

Asimismo, la obra posee otros problemas. Por un lado es que está rodada en dos idiomas, inglés y español, prevaleciendo claramente el primero. Lo que resulta del todo incomprensible que los personajes hablen tan poco en su lengua materna. Es incoherente ver a Escobar hablando inglés con su familia o en el mismísimo parlamento colombiano. Y por otro lado es que Aranoa quiere contarlo todo, demasiadas anécdotas en dos horas. Y no era en absoluto necesario. A nivel actoral es de recibo aplaudir la inmensa interpretación del camaleónico Javier Bardem. Conseguidísima recreación del líder del Cartel de Medellín. En cambio, a Penélope Cruz (que creo que es un error de casting) le toca un personaje más complejo. Pero incluso así sale airosa. Con todos sus defectos Loving Pablo es un trabajo correcto y de gran entretenimiento. No se la pierdan.

 

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