El rompecabezas de la Sección Oficial

Análisis de la Sección Oficial de la 68ª edición del Zinemaldia

Poco antes del comienzo del Zinemaldia 2020, su director, José Luis Rebordinos, se refirió a la Sección Oficial, dentro de la programación del festival, como un puzzle o rompecabezas, como un Frankenstein. La selección de este año se ajustó indudablemente a esta definición y resultó, a pesar (o a causa) de la pandemia una de las mejores de estos últimos años. El puzzle tuvo además dos particularidades muy sobresalientes. La selección tuvo la virtud de reflejar con notable exactitud el momento tan diverso y oscilante del cine actual, entre la vanguardia y lo comercial, la presión de las series y su orientación narrativa tradicional, por un lado, y por otro, la realidad de las ¨películas de festival¨, el vaivén entre la modernidad, nunca definitivamente superada y la postmodernidad. Puso de relieve también el dilema cada vez más acuciante entre acercarse a romper los moldes de lo que pueda presentarse en salas para ser aceptado por el público o caer decididamente en la banalidad.

Se abrió el festival bajo la invocación de Woody Allen y a favor de la evocación del cine clásico y sobre todo, del cine de autor de los años 60 que a él tanto le atrae. Tal vez lo más brillante de Rifkin’s Festival (que inauguró la sección fuera de concurso)  fueron las ocurrentes bromas que ilustran el desarrollo de la película, insertándose en escenas de Ciudadano Kane, Fellini, ocho y medio, Persona, Fresas salvajes, El séptimo sello, Al final de la escapada, Jules y Jim, Un hombre y una mujer o El ángel exterminador. Hasta Rebordinos aparece como Hitchcock. Clara dirección, por tanto, hacia el cine clásico o los comienzos de la modernidad en los años 60.

Con un criterio muy valiente, aunque tal vez excluyente, el jurado, presidido por Luca Guadagnino, volcó todos los premios (mejor película, dirección, guión e interpretación femenina) en Beginning, de la debutante georgiana Dea Kulumbegashvili, film que huye totalmente de lo convencional y es el modelo de obra que pueden adorar los cinéfilos. Una vanguardia que parecería difícilmente asimilable por los circuitos comerciales. Los elementos constitutivos de la Sección Oficial  provinieron, en su parte más substantiva, de los préstamos del festival de Cannes y en mucha menor medida, del cine español y latinoamericano (la cantera privilegiada del Zinemaldia de estos últimos años) así como por la inclusión de largometrajes de ficción.

LA APORTACION DE CANNES

La cancelación del festival de Cannes permitió este año elevar considerablemente la calidad de la competición con seis películas de un nivel indudable. La joven directora de Beginning, filme que obtuvo ya en Toronto el premio de la crítica, utiliza extensamente los planos secuencia, los planos fijos muy largos (la protagonista tendida en el campo no se sabe si muerta o no), los planos generales que tan del agrado eran de Glauber Rocha (la violación entre las piedras a la orilla de un río) y las escenas fuera de cámara. El lenguaje original, insólito, produce una sensación de ansiedad, de misterio, de alucinación en algunos momentos, que deslumbra al espectador y le impulsa a tratar de desentrañar unas imágenes que tal vez sólo ofrezcan intuiciones, preguntas. Aunque la película destila una gran belleza, no es el universo estético de Tarkovsky (más bien se acercaría al de Reygadas, por ejemplo). En Beginning reside una estilización punzante que se adecúa muy bien al guion. La película se sitúa en el contexto del difícil proceso que, como tantos países de la ex-Unión Soviética, atraviesa Georgia, de desagregación y recomposición. Violencia, fanatismo, populismo, machismo, desconcierto, dificultades para aspirar a un estado de Derecho, etcétera.

La protagonista es una mujer casada con el jefe de una comunidad de Testigos de Jehová (conectados a Estados Unidos, lo que se presenta tal vez con un toque de ironía) que son atacados por un grupo extremista de ultra-derecha (posiblemente conectado a algunos sectores del comunismo anterior). La policía no quiere perseguir a los culpables y trata de conseguir la expulsión del lugar de este grupo religioso. Tras ser acosada por la propia policía, la  mujer es violada y tropieza con la incomprensión del marido, que renuncia a denunciar el hecho a las autoridades. Aunque resignada, se va produciendo una cierta maduración de la protagonista. La película se cierra con un violento final enigmático, en donde muerte y paisaje se confunden. El éxito del film se acompañó de una fuerte división de opiniones y puso claramente sobre la mesa la realidad de un cine difícil, apto sólo para entendidos y que está cada vez más distanciado del público y de las salas comerciales.

Druk, de Thomas Vinterberg, es una excelente película danesa filmada por uno de los principales integrantes del movimiento Dogma 95 (en ciertos momentos recuerda a Los idiotas (1998)de Lars von Trier). Aunque ha sido el autor de obras tan extremas y crueles como Celebración (1998) o La caza (2012), el director consigue en esta ocasión un film muy equilibrado y que transmite una gran humanidad. Vinterberg tiene que lidiar con un guion que podría escapársele fácilmente de las manos (la trama se sustenta en un estudio sobre los efectos del alcohol que quieren experimentar en sus propias personas cuatro profesores de un colegio) pero sabe encaminarlo a una descripción notable del entorno familiar, estudiantil y social de su país. La película pondrá de relieve el estímulo a la creatividad y a la valentía que el alcohol puede suponer (véanse los casos de Roosevelt y de Churchill que los profesores subrayan ante sus alumnos). El gran tema de la película, no obstante, como ha insistido justificadamente su director, es el valor de la amistad. El jurado otorgó el premio a la mejor interpretación masculina a Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe. Druk podría tal vez haber obtenido el premio a la mejor película o a la mejor dirección.

El director francés François Ozon, responsable de Verano del 85, no podría nunca limitarse, dada su personalidad, a una evocación nostálgica de un apasionado amor adolescente en el verano del 85, al estilo de otras tantas películas. Pero basado en la novela Dance on my Grave, de Aidan Chambers, Ozon plantea un film mucho más original. El tono distanciado y frío que podría hacer poco convincente la historia del amor tan impulsivo de los dos jóvenes protagonistas queda explicado, según Ozon, por el carácter ilusorio de estos amores, basados más en una ensoñación que en una realidad con la que inevitablemente acaban chocando. El otro aspecto que permea toda la historia, desde las escenas iniciales, es el de la muerte, uno de los temas centrales de Ozon, así como el brillante hallazgo de no resolver hasta el final la interrogación sobre la participación o no del joven protagonista en la muerte de su pareja. No será una de las películas clave en la filmografía de Ozon como En la casa (2012)pero es un buen ejemplo de su maestría y de su marcada personalidad como realizador.

In the Dusk, es una de las más interesantes aportaciones de Cannes, dirigida por el lituano Šarūnas Bartas, que esta vez se adentra por primera vez en la historia reciente de su país. La película se sitúa en 1948, en medio de la salvaje ocupación y expolio que lleva a cabo Stalin, con la ayuda de algunos nacionales del país, privado de su independencia. Bartas no hace concesiones y señala las faltas tanto de los ocupantes como de los propios partisanos, por lo que la película en Lituania ha sido tachada, por algunos, de poco patriótica. A través de la perspectiva de un joven, Unté, tiene lugar un terrible aprendizaje, tanto de la sociedad burguesa del pasado como del cruel enfrentamiento entre comunistas y partisanos. Su padre adoptivo le va descubriendo la sociedad en la que se desenvolvió en el pasado: mayordomo que se casó con una rica heredera que le desprecia en la actualidad y tiene ahora varias amantes entre la servidumbre. En la lucha entre comunistas y partisanos, se dan también violentos ajustes de cuentas, que han acompañado la historia lituana hasta época bien reciente, cuando el país ha recobrado su independencia. La película sabe describir perfectamente todas estas situaciones, sumergiéndonos en un ambiente de anochecida, que el director no abandona nunca excepto en algunos planos aislados de pájaros sobrevolando los bosques lituanos. Un estilo a base de primeros planos y largos diálogos, que hacen en conjunto de In the dusk, una película dura de seguir pero de gran brillantez.

La novela premiada de Annie Ernaux inspira la historia de Passion simple (Danielle Arbid), la de una pasión incontenible basada en la atracción física por parte de una profesora de instituto, que se entrega a un funcionario de seguridad de la Embajada rusa. La pasión que experimenta descontrola su vida, en la que ya no puede atender a tareas fundamentales como la educación de su hijo, que su exmarido tiene que recoger de la escuela. La película tiene un tono frío y distante que aspira a retratar fielmente la pasión de la protagonista, —excelente Laetitia Dosch—, sin ningún romanticismo o toque trágico. Tampoco ofrece ninguna lectura feminista. Durante el tiempo limitado que dura esta obsesión amorosa, podría haber derivado a los extremos de Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987)o La pasión turca (Vicente Aranda, 1994), o haberse presentado como una versión moderna de Madame Bovary, pero Danielle Arbid opta por un enfoque mucho más limitado insistiendo solo en las escenas de amor físico, —siempre sin apenas palabras por parte de él a pesar de los intentos de diálogo de la protagonista— y se acompaña de canciones convencionales o de Leonard Cohen.

La directora japonesa Naomi Kawase vuelve a insistir en el tema de la maternidad en True Mothers, centrándose esta vez en la adopción. Una colegiala de catorce años embarazada decide tener un hijo a pesar de que el matrimonio no es posible, por lo que se encuentra repudiada por su familia. Para no privarle de una buena educación, se inserta en una institución que ayuda a encontrar a unos padres dispuestos a hacerse cargo del niño. La madre biológica no se resignará a perderlo totalmente y la película acabará permitiendo que su hijo pueda conocerla. Kawase ofrece una dirección sumamente cuidada, sin caer nunca en el folletín. La película tiene un ritmo muy fluido, utilizando numerosos flashbacks y abundando en esos planos de flores, árboles o paisaje, que caracterizan tanto su obra. La parte más valiosa de una película bastante convencional es la que se centra en el retrato de la adolescente y, en especial, durante su estancia en dicha institución que ayuda a resolver estas difíciles situaciones por medio de la adopción.

LA APORTACION ESPAÑOLA Y LATINOAMERICANA

De las tres películas españolas que el año pasado dominaron la Sección Oficial (tal y como ha venido ocurriendo estos últimos años) —Mientras dure la guerra, La trinchera infinita y La hija de un ladrón— se pasó en esta ocasión a un solo film de ficción y a un documental, ambos de tono menor. La gran contribución española estuvo a cargo de las series Patria y Antidisturbios, que quedaron fuera de concurso. Akelarre es un largometraje de ficción  dirigido por el argentino Pablo Agüero, quien ya participó en San Sebastián en 2015 con Eva no duerme. La película se basa en los escritos del juez Pierre de Lancré, comisionado por Enrique IV en 1609 para limpiar de brujas las tierras de Lapurdi en el País Vasco. Las víctimas son este caso unas adolescentes acusadas de haber organizado la fiesta satánica del Sabbat.

Akelarre no acaba de progresar hasta que se produce una situación más dinámica desde el punto de vista dramático y cinematográfico pasada la mitad del filme. Con objeto de ganar tiempo para que puedan salvarles, una de las adolescentes (Amaia Aberasturi) se confiesa bruja y autora de la fiesta, seduciendo así al juez (Alex Brendemühl), que en su delirio paranoico revela su lascivia y perversidad. La escena final del aquelarre, inventado por la adolescente y reproducido en todos sus detalles, a la que ha precedido el juego de seducción del juez durante el juicio, constituyen la parte que más fuerza tiene dentro del filme. Agüero trata de profundizar en el tema de la brujería desde su perspectiva contemporánea, subrayando los mecanismos de manipulación del poder y su aversión a la diferencia (enfatizada, en este caso, por el uso del euskera por parte de las acusadas).

Courtroom 3H, es un documental rodado íntegramente en inglés en Estados Unidos por Antonio Méndez Esparza, que ya compitió en el Zinemaldia en 2017 con La vida y nada más. El director se concentra únicamente en las actuaciones del Tribunal de Familia Unificado de Tallahasee (Florida), especializado en resolver casos de patria potestad de menores que han sido objeto de abusos, abandono o negligencia por parte de sus familiares, tratando de conseguir, con gran objetividad y generosidad, su progresiva reunificación. La primera parte, que describe actuaciones del tribunal previas a los juicios lleva a cierta confusión, ya que se van intercalando fragmentos de diversos casos. La segunda, en cambio, es mucho más comprensible ya que se centra en dos juicios específicos. Aunque las imágenes concentradas en la sala del juzgado destilan un gran interés humano, Méndez Esparza renuncia a la más mínima elaboración. Nosotros nunca moriremos, de Eduardo Crespo, fue la única contribución completamente latinoamericana a la Sección Oficial.

LOS DOCUMENTALES

La Sección Oficial incluyó, aparte de Courtroom 3H, otro documental a competición, Crock of Gold: A Few Rounds with Shane MacGowan, del británico Julien Temple, que se llevó el Premio Especial del Jurado. El director, especialista en documentales sobre músicos (Sex Pistols, Rolling Stones) logra un brillante retrato del poeta y cantante irlandés que consiguió unir el punk y la música tradicional de su país. La película producida por Johnny Depp combina numerosas entrevistas de Gerry Adams con el músico, obligado pronto  a ir en silla de ruedas víctima de sus excesos con el alcohol y la droga, imágenes de archivo, pasajes de películas de ficción y animación (los espléndidos dibujos de Ralph Steadman). El retrato destaca los valores humanos del creador, su carácter siempre rebelde e irreverente y su papel fundamental como gran defensor y divulgador de la cultura irlandesa, que le equipara a los grandes de su país como Yeats y Joyce.

OTROS TITULOS

La competición se completó con otros dos títulos asiáticos y una película británica netamente comercial, Supernova, dirigida por Harry MacQueen. Wuhai, el segundo largometraje del realizador chino Zhou Ziyang, representa uno de los intentos actuales dentro de la producción de su país de acometer un cine próximo a fórmulas más del gusto occidental. El gran tema de la película es el de la fiebre capitalista en el gigante asiático y la destrucción personal, familiar y social que puede significar esta ambición. Wuhai es el nombre de una pequeña ciudad china en Mongolia Interior, rodeada de un paisaje desértico (fotografiado brillantemente por Matthias Delvaux), en que el  protagonista se embarca en unos proyectos delictivos y delirantes de campamentos, de un parque de dinosaurios. El exceso y barroquismo del entorno se corresponde bien con las actitudes desenfrenadas adoptadas por el joven empresario. A pesar de sus hallazgos, Wuhai roza, en muchos momentos, un tono disparatado.

Any Crybabies Around? es el segundo largometraje del director japonés Takuma Satô, auspiciado por Hirozaku Koreeda. Se trata de un estudio familiar que describe las desventuras de un joven inmaduro que se revela incapaz de asumir sus deberes como padre (reflejo de la infantilización de la sociedad japonesa contemporánea, según el crítico Juan Zapater). La historia gira en torno a la práctica del Namahage, que lleva a hombres disfrazados como ogros a irrumpir una vez al año en los hogares para asustar a los niños y obligarles a que se porten bien todo el año. Película de tono menor, que no acaba nunca de interesar o emocionar.

LA SOMBRA DE LAS SERIES

Patria, la excelente serie de Aitor Gabilondo basada en el bestseller homónimo de Aramburu, Antidisturbios de Rodrigo Sorogoyen y We Are Who We Are, del italiano Luca Guadagnino, se proyectaron fuera de concurso. Junto a la aportación de Cannes constituyeron la parte más sobresaliente de la Sección Oficial. Guadagnino manifestó que no veía diferencias entre una serie y una película larga y al parecer, el Festival consideró seriamente incluir Antidisturbios en la competición oficial. El tema de la inserción de las series en el festival de San Sebastián (y en todos los festivales) sigue siendo la gran asignatura pendiente.

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