El crepúsculo de los dioses

Figuras de cera

Decía Andy Warhol en 1968 que “en el futuro, todos serían famosos mundialmente por 15 minutos”. Si nos atenemos a nuestra realidad actual, inmersos como estamos en una sociedad frenética y caótica, solo basta echar un vistazo al panorama audiovisual y a las redes sociales para darse cuenta de que el vaticinio del artista estadounidense se ha cumplido. Youtubers, tuiteros, instagramers, actores, cantantes, concursantes de reality shows o personajes del corazón pueblan constantemente nuestras pantallas y mutan de manera incesante y cada vez más deprisa hacia otros nuevos, dejando a los predecesores en el más solitario ostracismo. Esto es propio de la modernidad líquida en la que habitamos, concepto acuñado por el sociólogo Zygmunt Bauman para referirse al mundo actual, un mundo que define como precario, provisional, ansioso de novedades y agotador en muchas ocasiones. Cuenta Bauman que “estamos acostumbrados a un tiempo veloz, seguros de que las cosas no van a durar mucho, de que van a aparecer nuevas oportunidades que van a devaluar las existentes, algo que sucede en todos los aspectos de la vida. (…) Todo cambia de un momento a otro, somos conscientes de que somos cambiables y por lo tanto tenemos miedo de fijar nada para siempre. (…) Todos pueden perder los logros conseguidos durante su vida sin previo aviso (…) y aun conociendo la amenaza son incapaces de prevenirla ni hacer nada al respecto”.

Billy Wilder estrenaba en 1950 Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses en su título español), una de las películas más celebradas de su filmografía y poseedora de numerosos premios, entre ellos 3 Oscar y 4 Globos de oro (incluyendo el de mejor película). Aquí Wilder ya nos hablaba de un agitado mundo que se transformaba en un abrir y cerrar de ojos, focalizándolo en la industria cinematográfica de Hollywood, donde el paso del cine mudo al cine sonoro dejó en el olvido a muchas afamadas estrellas de la noche a la mañana, aquellas a las que Wilder denomina como figuras de cera. En un deslumbrante y original guion, que él mismo coescribe, con geniales toques de humor (a veces negro) y destellos de ingenio que no dejan indiferente ni al espectador de la mitad del siglo XX ni al de la segunda década del siglo XXI, vemos retratada la nostalgia de un tiempo pasado, la melancolía producida por un mundo que se fue, que se perdió, homenajeando a aquellos que todavía siguen añorando ese cine mudo de Hollywood, la primera generación de los grandes estudios estadounidenses.

La cinta, producida por la poderosa Paramount Pictures, se centra en una antigua actriz de enorme repercusión en su tiempo que ahora vive lejos de los focos, con dinero pero sin fama. Cual espíritu ambulante permanece solitaria sus días habitando una mansión en ruinas, clara metáfora de su vida, con la única compañía de su mayordomo y a la espera de que vuelvan sus días de gloria, circunstancia que ella ansía obtener cuando filmen el guion de Salomé, película de gran presupuesto que ella ha escrito y de la cual se ha reservado el papel protagonista. Esta malograda actriz es interpretada magistralmente por Gloria Swanson, poseedora de una portentosa mirada que provoca inquietud y lástima a partes iguales, y en un papel que contiene muchísimo componente biográfico.

Narrado con voz en off por nuestro protagonista, Joe Gillis (quien lo encarna Willian Holden), el filme se encuentra envuelto en un velo ilusorio, contado como si se tratara de un cuento de espejismos y ensueños. No obstante, la película la protagonizan fantasmas. Además de Holden y Swanson, encontramos en la pantalla a reconocidas caras de la industria como Erich von Stroheim, Nancy Olson, Jack Webb, Fred Clark, Cecil B. DeMille, Buster Keaton o la actriz y periodista Hedda Hopper. El incontrolable paso del tiempo, el desenfrenado Hollywood, la convulsión de una época, la mitomanía, las ostentosidades de los artistas o el paso de la celebridad al anonimato son las claves del filme, sin olvidar el amor, tema fundamental en la obra de Wilder.

Perder la cordura por la fama, alcanzar la locura por un primer plano. La vida como cine, el cine como vida. Ficción y realidad entrecruzadas. Hoy día, casi 70 años después, seguimos considerando a Billy Wilder un maestro y a la gran mayoría de sus películas como clásicos imperecederos que envejecen perfectamente y cuyos estragos de la edad son casi imperceptibles, circunstancia nada común para otras obras coetáneas. Y Sunset Boulevard sigue siendo en la actualidad lo que denominamos como obra maestra del séptimo arte, además de un estudio adelantado a su tiempo del inestable mundo líquido que hoy habitamos en donde la fama dura apenas 15 minutos.

Calificación: 9/10

 
 

Título original: Sunset Boulevard

Año: 1950

Duración: 110 min.

País: Estados Unidos

Director: Billy Wilder

Guion: Charles Brackett, Billy Wilder, D.M. Marshman Jr.

Fotografía: John F. Seitz

Música: Franz Waxman

Reparto:  William Holden, Gloria Swanson, Erich von Stroheim, Nancy Olson, Lloyd Gough, Jack Webb, Fred Clark, Cecil B. DeMille, Buster Keaton, Anna Q. Nilsson, Hedda Hopper, H.B. Warner, Franklyn Farnum, Julia Faye, Ruth Clifford

Productora: Paramount Pictures

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