Anomalisa

Singularidades

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Todo lo que tiene que ver con Charlie Kaufman casi siempre guarda una relación muy estrecha con una serie de particularidades muy concretas las cuales hacen que su discurso como autor y su trabajo cinematográfico tengan un sello tan personal como difícil de confundir. Estamos ante una de esas voces discordantes que parecen empeñadas en contar relatos únicos y atípicos, una de esas fuentes creativas que parecen beber de sí mismas para retroalimentarse y crear sus propios universos.

Cualquiera que se haya acercado a alguna de sus referencias como escritor o realizador sabe que Kaufman es sinónimo de riesgo y diferencia. Su disconformidad respecto a los cánones formales y temáticos del cine occidental se hace tan evidente en algunas de sus producciones que a nadie se le escapa que estamos ante uno de los cineastas más singulares de toda la historia del Séptimo arte; El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002), ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004), Synecdoche, New York (2008)… todas ellas comparten una serie de características que tienen como común denominador un cine marciano e intimista siempre comprometido con aquello que se remueve en los rincones más ocultos de la nuestra psique.

Es probable que, por peculiares, las preocupaciones de Charlie Kaufman carezcan de la virtud de conectar con todo tipo de público. Sus películas son más bien todo lo contrario, pues podríamos considerarlas rarezas orgullosas de serlo. Su habitual existencialismo y su casi obsesiva preocupación por retratar el vacío, la incomunicación o los recovecos más inseguros del ser humano bien puede convertir sus propuestas en productos algo inaccesibles para aquellos que buscan un cine más inmediato. Por tanto, estamos ante un cineasta que no vacila en mostrarse esquivo con el público mayoritario; su terreno es otro y lo sabe demasiado bien. Con Anomalisa (2015), su nueva cinta, el de Nueva York repite obsesiones y refina su ya habitual discurso sobre la alienación, aunque esta vez se sirve de él para manufacturar una de las metáforas cinematográficas más preciosas, desoladoras y efectivas que se recuerdan en la gran pantalla. Y es que, básicamente, estamos ante un relato implacable que parece no dejar ningún tipo de esperanza a los que aún creen en el amor como lo único que nos puede salvar de las miserias del mundo indolente en el que vivimos. Un mensaje poco reconfortante y ciertamente inquietante que sin embargo se paladea con dulzura dada su honestidad.

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Anomalisa hace de la paradoja su vehículo expresivo. Por un lado se las arregla a las mil maravillas para que unos simples muñecos nos parezcan más humanos y reales que muchos actores de carne y hueso. Su secreto no es otro que el de haberlos dotado de una personalidad auténtica y creíble, haciéndolos más identificables para el espectador que muchos de los arquetipos desdibujados a los que nos tiene acostumbrado el Hollywood más despreocupado. Además, la representación que se hace de la realidad se lleva tanto al límite que, a pesar de adquirir en ocasiones tintes surrealistas, no resulta complicado terminar encontrando ecos de nuestra propia existencia. Es por ello que, como resultado, lo irreal se torna más real que nunca y adquiere una capacidad emotiva casi sobrecogedora, porque ante todo la película de Kaufman es eso, una auténtica obra de artesanía capaz de despertar incluso las emociones más adormecidas en cada uno de nosotros.

No hay que obviar algunas de las otras singularidades que la hacen única. Su distintiva animación en Stop motion o las intensas y cálidas interpretaciones de David Thewlis y Jennifer Jason Leigh (quienes prestan sus voces a los dos protagonistas principales de la obra) resaltan el carácter extraordinario de Anomalisa. Aunque, a decir verdad, el principal valor que ésta atesora reside en su genial concepción y su arriesgado desarrollo (los cuales no vamos a desvelar, por supuesto).

Si tú también has sentido alguna vez que el mundo parece un lugar despersonalizado, monótono y vacío o eres de los que alguna vez perdieron la esperanza de encontrar una voz o una personalidad distinta a lo habitual que nos salve de la nada y la inercia de la vida, ésta es sin duda tu película, pues vas a tener la sensación de haberte topado por fin con alguien que ha sabido poner palabras, imágenes y sonidos a aquello de lo que casi nadie habla, ya sea por miedo a mostrarse diferente o por no haber encontrado los términos precisos.

Charlie Kaufman ha facturado una obra puramente cinematográfica (se me hace difícil imaginarla en otro medio) cimentada sobre lo singular, y como tal parte de lo personal para quedarse clavada en lo más íntimo. Paradójicamente, aquellos que alguna vez se hayan mirado al espejo y difícilmente se hayan reconocido como un ser integrado en lo homogéneo de nuestra sociedad podrán verse reflejados en su película. Es entonces cuando nos haremos conscientes de la importancia que tienen obras como la que nos ocupa, pues es uno de esos cada vez más raros casos en los que el arte transciende el mero objetivo de entretener para hacer un estudio serio y veraz sobre nuestra psicología y sentimientos más privativos.

Anomalisa es quizás la síntesis del pensamiento y el estilo de Kaufman, y también una de sus obras más notables. Una producción pequeña en su presupuesto (nació de un simple crowfounding), pero gigante en cuanto a logros. Imprescindible para los que disfrutan de propuestas diferentes y, de seguro, una de las mejores cintas de animación que hemos podido ver y veremos en los próximos años. Otro regalo más del que es, a día de hoy, uno de los mejores guionistas en activo en la industria del cine.

Calificación: 8’5/10

 
 

Anomalisa_cartel_Ge_MCTítulo original: Anomalisa

Año: 2015

Duración: 90 min.

País: Estados Unidos

Director: Charlie Kaufman, Duke Johnson

Guion: Charlie Kaufman, Dan Harmon

Música: Carter Burwell

Fotografía: Animation

Reparto: Animation

Productora: Starburns Industries

 

 

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