17º Festival de Sevilla (2020) – Cara B

Análisis de los últimos trabajos de Christian Petzold, Rúnar Rúnarsson o Sébastien Lifshitz

La semana anterior al comienzo de la 17ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla se vivió con una incapacitante sensación de desconocimiento e incertidumbre. La cancelación de la 58ª edición del Festival de Cine de Gijón (otro de los más relevantes y añejos del país) dejaba como evidente el hecho de que quizás, con la segunda ola de COVID-19 en pleno pico de contagios, sería mejor arroparse con el formato que otros festivales han estado escogiendo en plena pandemia mundial: el festival vía páginas VOD (video on demand) como Filmin. Sea como fuere, hasta el último momento el cinéfilo y/o acreditado para el festival esperó hasta el último momento para ver si realmente ocurría. Y ocurrió.

El 6 de noviembre el festival abría sus puertas –con localidades limitadas y una buena cantidad de becarios de Comunicación Audiovisual encargados de comprobar la temperatura de aquellos que entraran en las salas del Cine Nervión Plaza– e inauguraba los estrenos nacionales con Ondina. Un amor para siempre (2020), película alemana dirigida por Christian Petzold que acabó llevándose los galardones a mejor director y mejor montaje. Ondina sin duda fue una de las películas clave del festival, y de las más celebradas por parte de la prensa especializada. Una modernización del mito de la ninfa de las aguas europeas. Una historia, como indica el título, de amor entre una de estas criaturas mitológicas y un buzo industrial, y cómo la pasión y la tragedia les terminarán uniendo para siempre. La película de Petzold es una de corte extremadamente clásico, sin demasiadas filigranas en su puesta en escena. Centra toda su atención en construir una relación jovial y misteriosa entre los dos protagonistas, encarnados por los dos actores fetiche del director alemán, Paula Beer y Franz Rogowski, y el de convertir a la Alemania contemporánea en un escenario de fábula, habitada por seres tan anacrónicos como Ondina. Sin duda una película interesante, que quizás no consigue encauzar correctamente el último tercio de la película en su búsqueda por cierto onirismo visual y sensorial, que acaba siendo algo más confuso de la cuenta (y más en un desconocimiento previo del mito de la ondina).

Siguiendo con el cine alemán, nos encontramos también en la sección Revoluciones Permanentes la ópera prima Time of Moulting (2020), de la debutante Sabrina Mertens. De corte claramente hanekiano, Time of Moulting es el estudio psicológico de una familia alemana a lo largo de las décadas de los 60 y los 70. En sólo ochenta minutos y con solo cincuenta y siete planos, esta cinta de terror psicológico demuestra la capacidad de su directora de crear una atmósfera opresiva solo con cuatro paredes, un techo, tres personajes y un poco de música ominosa. De la mano van el minimalismo narrativo y el contrastado aspecto rococó de la casa, a rebosar de objetos y basura, propia del Síndrome de Diógenes que sufre uno de los miembros de la familia. Una película que conscientemente es pura superficie, como si de la punta de un iceberg se tratara. Estamos siendo testigos de algo horrible (¿abusos sexuales?, ¿asesinatos?, ¿canibalismo, incluso?), pero la directora alemana solo ofrece unas pocas piezas de este puzle de cine de la crueldad. Fascinante, compacta y que se engrandece en la discusión posterior al visionado.

En contraposición a Time of Moulting, y, hasta cierto punto, a su propio cine, el director islandés Rúnar Rúnarsson presentó su tercer largometraje, Echo (2019). Tras la duras experiencias de Volcán (2011) y Gorriones (2019), Rúnarsson deja ver su lado más misericordioso, en una cinta que bebe claramente del formato viñetesco del director sueco Roy Andersson (alejado, eso sí, de su espiritualidad y búsqueda trascendental). Las microhistorias que presenta el islandés retratan el día a día de la población de Islandia antes, durante y después de la temporada navideña. La mayoría de secuencias son de menos de dos minutos, y en ocasiones responden a la anterior, como ecos que resuenan con diferentes personajes y situaciones. Una niña tocando el piano; unos ancianos nadando en una piscina climatizada; una joven que busca el perdón de alguien de su pasado; una cena navideña en soledad; la distancia física y emocional que nos separa a los unos de los otros; hasta el plano fijo de un parto real. Rúnarsson consigue enseñarnos cómo es el ser humano durante esa época llamada Navidad. A menudo de forma contradictoria, al fin y al cabo así somos los mortales, pero llena de compasión y amabilidad cuando llega la hora de la verdad. Una visión extrañamente optimista teniendo en cuenta que el cineasta islandés a menudo ha tendido a mostrar las sombras más oscuras de la niñez, la madurez y la vejez, especialmente en sus primeros cortometrajes.

La niñez es una época complicada, y más para ciertas personas cuya sexualidad supone un impedimento para disfrutarla. Petite Fille (2020) es el nuevo documental de Sébastien Lifshitz, con el cual se adentra en la vida de Sasha, que desde pequeña, aún habiéndole asignado el género masculino, aseguraba que de mayor “quería ser una niña”. Lifshitz muestra sin recelos el sufrimiento burocrático e institucional que tanto Sasha como su familia terminan sufriendo a causa de esta situación. Una narración que consiste en entrevistas a familiares e implicados  así como el seguimiento de la vida de la pequeña de seis años. Quizás invadiendo sus sentimientos e intimidad. ¿Hasta qué punto resulta moral mostrar un plano fijo de esta niña, triste y confundida por cómo es tratada, llorando a moco tendido, a solo un palmo de la cámara? Sin duda es efectivo, pues la película es una experiencia lacrimógena y dura, una clara prueba de empatía para con el espectador, pero el precio a pagar resulta elevado, si bien eso es lo que su familia ha elegido en pos de visibilidad y comprensión.

Fanny Lye Deliver’d (2019) es el drama de época que ha quedado a la sombra de la ganadora del certamen, Malmkrog (Cristi Puiu, 2020). La tercera película de Thomas Clay habla sobre los comienzos de la legendaria Fanny Lye, figura del proto-feminismo británico del siglo XVII. Grabada en 16 mm, trata la confrontación entre la puritana familia de Fanny Lye y una pareja de libertinos que suplican ayuda y cobijo por razones que no quedan del todo claras en un principio. Fanny Lye Deliver’d falla por muchos motivos. Empezando por un reparto con algunas lagunas, entre ellas el que lleva a cuestas gran parte del peso interpretativo del film: Freddie Fox. Un intento de predicador con pico de oro que ofrece auténticas situaciones de sonrojo para el espectador a causa de su poco acertada forma de abordar las escenas de seducción, violencia y griterío religioso. Su continua sobreactuación también deja en evidencia la poca importancia que el realizador le da al personaje de Fanny Lye (irónicamente, en una película supuestamente realizada en su honor). Thomas Clay le ofrece tanto foco de atención a su tocayesco personaje que Fanny queda en un muy segundo plano hasta bien entrado el clímax, que por supuesto enarbola una bandera feminista con poca efectividad y con calzador en el epílogo. Algún apunte visual interesante es todo lo que puede ofrecer Thomas Clay en esta película. Con menos diálogo y algo más de reposo en su montaje posiblemente habría acabado en mejor puerto.

En último lugar quedaría por hablar de Naked Animals (2020), ganadora del premio a Mejor Ópera Prima del Festival de Cine de Berlín. Se trata del visionado más anodino del Festival de Cine Europeo de Sevilla (por mi parte, al menos). Dirigida por Melanie Waelde, Naked Animals es una coming of age sobre unos jóvenes alemanes que se abrazan a los tropos más habituales del género. Estos personajes perdidos en sí mismos que no atisban sus futuros “yo”, siempre empalmando jornadas de disfrute nocturno y buscándose problemas con sus respectivas figuras adultas. Realmente no ofrece nada innovador o satisfactorio, y menos con esa puesta en escena de cámara en mano, que quizás buscase reflejar la indecisión de sus personajes con esos erráticos (y mareantes) movimientos, pero que terminar por causar más tedio que otra cosa. Olvidable sería la palabra más apropiada para definir Naked Animals, posiblemente lo más duro que se le puede decir a una película.

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